Se va a hablar de Fredo Viola próximamente. Y se va a hablar mucho de su debut “The Turn” (Because 2008) porque el de este londinense afincado en Nueva York no es el típico primer álbum de cantautor. En muchos aspectos es una obra pionera. Ya su portada, cual lienzo de iglesia ortodoxa o copta, previene acerca de los matices góticos –a veces churriguerescos- de sus arreglos vocales.

 

Fredo trabaja principalmente su excelente voz. Juega con los planos como lo haría un coro, y juega con el pop como lo harían The Beach Boys. Lo puede hacer desde la pomposidad rígida de Grizzly Bear “The Turn”– o desde el intimismo del claustro –“The Sad Song”, su `éxito´ entre comillas en Internet- apuntando a la beatificación. Algunas de las canciones son totalmente vocales –aunque no por ello han de constar de más de dos frases-, otras llevan un tenue acompañamiento musical casi siempre de raíz electrónica y genealogía repetitiva. Es música que se va construyendo sobre sí misma, dejando a la voz fluir sobre otra voz; como un viaje por los meandros de la intuición en su eterno peregrinar en busca de lo sublime. Y es, contra todo pronóstico, sonido del siglo XXI, aunque quede mejor escribirlo así, en números romanos: una maravillosa paradoja escuchar este tipo de música albergando una frase –en “The Turn”– como `and where is my voice? In the mp3´. O la versión a dos voces –con Nils Christian Fossdal– de `Silent Night´.

 

Esa viñeta de monaguillo en el Sónar se dispara sobre todo cuando se hinca el diente en el DVD presuntamente de acompañamiento. Ya lo había advertido él en el slogan del disco –an album of songs & visuals by Fredo Viola– y ya deberíamos haberlo imaginado hace unas semanas, cuando la empresa catalana audiovisual Aer ganó el premio Grand Laus 2009 en categoría de interactivos gracias a una colaboración con Viola: no es un disco normal con su bonus DVD al uso, sino una obra conjunta de música e imagen. Y la baza de este último consiste en mostrar distintas tomas grabadas suyas cantando la misma pieza, tantas como voces tenga ésta, y exponerlas a la vez en la pantalla. Como si pudieses visualizar las distintas pistas de una grabación al unísono. Si a ello le sumas tomas de paisajes –urbanos o rurales- secuenciados y sincronizados al milímetro –planos fijos, fotos, se obtiene un conglomerado de elementos de plasticidad impactante. Incluso, con imágenes distintas de una misma canción –“The Turn” y “Moon After Berceuse” se repiten en dobles lecturas- éstas producen sensaciones casi opuestas.

 

Esta nueva perspectiva a la hora de formular la relación entre imagen y música sin embargo corre el riesgo de empañar la verdadera naturaleza del talento musical de Fredo Viola, y sería una lástima que composiciones tan brillantes quedaran eclipsadas por los titulares de las revistas de tendencias.