Con la llegada de las brisas estivales, solemos ser más condescendientes con los sonidos que se nos ofrecen y, al menos durante la primera mitad del verano, se produce una demanda de música que va pareja al estallido hedonista hormonal: el pop es alegría y la música de baile es sensualidad. Mejor aparcar sonidos menos amables para otras estaciones. En cuanto a la franja acústica, germinará a medida que quedemos saturados de tanta fiesta –allá por finales de agosto-, cuando se apodere de nosotros la languidez de un otoño cada vez más a la vista.

 

Con estos parámetros en la mente, me acerco a “Fantasies” (2009), cuarto álbum de Metric. Pop electr(ón)ico con algunos estribillos muy lozanos, cuya aparente (t)urgencia punk es más polo refrescante que pirotecnia de guardería. Podría residir aún esta banda en Nueva York, y entonces sería hiper conocida y fashion. Pero se mudaron a Canadá, sin la parafernalia mediática ni el glamour colonial, por la puerta de atrás: ni Blondie ni Yeah Yeah Yeahs. Suerte que sus discos anteriores les granjearon un grupo de incondicionales que aprecian la parte positiva de una comparación capaz de cruzar –en esta ocasión- a The Teenagers con Bananarama. La voz de Emily Haines –temporera, poca broma, en Broken Social Scene-, a pesar de susurrar mayormente, aguanta bien entre los chispazos electrónicos. Y cuando pilla un buen estribillo –“Sick Muse”, “Gold Gun Girls”-, su garganta se regodea con vaporosidad embriagadora hasta convertir –como The Human League– lo que casi sería una canción de Eurovisión en un hit plastipunk. Intrascendente, sí. Apropiado, también.