Erase una vez una pareja de hermanos –Hank y Dean Venture- que vivía tranquilamente en unas viñetas cuadriculadas por el dibujante Jackson Publick. Vivían en un mundo estático, hasta que un día una música llegó del más allá y, sin saber cómo ni por qué, los dos hermanos saltaron del folio. Papá Publick sabía que se trataba de una alucinación suya, pero por primera vez se dio cuenta de que sus muñecos podían optar a una vida en movimiento. Sólo había que encontrar a aquel mago que había obrado el milagro con su música y venderle el cuento a una televisión. Al primero le encontró en un extravagante loft de Brooklyn, que antes había sido una fábrica. En el oxidado buzón figuraba un nombre: J.G. Thirlwell. Quienes le conocían sabían que era el autor de “Quilombo”, el disco que aquel día invadió los oídos del dibujante y humanizó a sus muñecos en su imaginación. Cartoon Network compró el cuento: nacía “The Venture Bros.”.

Conociendo el pasado del señor Thirlwell, si esta historia me la cuentan hace veinte años hubiera imaginado los dibujos como un manga porno o un comic ultraviolento. Pero desde que Thirlwell se enamoró del cine y las orquestas (no sé que vino antes), su trabajo cobró protagonismo en la adjudicación de proyectos culturales. Su nombre empezó a sonar con fuerza en la trama artística neoyorquina.

Australiano de nacimiento, siempre fue un músico de trazo violento, grandilocuente, incendiario. De joven gustaba autoinmolarse en nombre del rock, mientras que ahora sólo se lo plantearía con una orquesta mediante. Desde que cruzó los océanos su vida siempre estuvo ligada con las malas semillas y el pop hiper-masculino. Le conocí en una foto de Wim VD Hulst. Suyo era el cuerpo sudoroso y embarrado que aparecía copulando con el de Lydia Lunch en la serie de fotografías más lascivas que jamás se hizo la niña de la no wave. El personaje terminó de llamarme la atención cuando descubrí su nombre entre los arreglos de un par de canciones de uno de mis discos pop de cabecera: “Soul Mining”, el majestuoso clásico de The The.

El voluptuoso arte de Jim Thirlwell merece una revisión, pero hoy me detendré simplemente en su afición por juntar la dinámica del cine con el tremendismo orquestal. Una afición que inició bajo el alias de Steroid Maximus. Se trataba de encajar a John Barry con Richard Wagner. Enfrentar a James Bond contra un escuadrón de valkirias. Cargar una big band con toneladas de dinamita. Desenterrar absurdas tesis sobre el filo-fascismo musical y no tener el más mínimo interés en desmentir a su personaje. Hace bien. Como me dijo un asqueado David Thomas (Pere Ubu): “¿por qué los músicos nos tenemos que justificar continuamente por nuestras letras y a los novelistas hard boiled no les condenan por criminales?”.

“The Venture Bros.: The Music Of J.G. Thirlwell” no sólo conduce las imágenes y nos regala unos ojos; se inyecta adrenalina a cada minuto para mantener la tensión en plena exuberancia. Más dinámico que nunca, energético y voraz, J.G. imagina su música como una sucesión de sacudidas de testosterona, dirigidas por un ejército de cuerdas en pie de guerra y trombones desfilando a todo trapo. Es el mundo según J.G. Thirlwell. O Foetus, como aún se le conoce.