Durante un vuelo largo, el mejor momento del trayecto –si vuelas con una buena aerolínea- es sin duda el del desayuno. Cuando has dejado atrás el grueso de las horas, apenas restan noventa minutos de vuelo, se hace la luz y te ofrecen las toallitas hirviendo. Con los huesos entumecidos en la “comodidad” de la clase turística aunque contento por estar ya cerca del destino, abres con ilusión el papel protector del envase. Con un poco de suerte, habrá una buena tortilla con sus champiñones de guarnición, con su tomatito y su salchichita, y desenfundarás el sobrecito con la salecita y la pimientita, el cuchillito y el tenedorcito: todo en diminutivo y entre estrecheces. Todo salvo el precio del billete, claro.

 

A pesar de todo, la sensación es de euforia contenida, así que toca aderezarla, sobre todo en verano, con la banda sonora acorde. Estamos en la semana previa de vacaciones. Toca pues ración doble de pop. Los londinenses Golden Silvers, a pesar de la psicodelia de la portada de “True Romance” (XL 2009), también miran de reojo la década de los ochenta aunque se dejen llevar por el brillo fugaz de otras décadas. Así, cuando suenan “True No9 Blues (True Romance)” y “Arrows Of Eros”, sobreviene una sensación similar a la descrita con Wave Machines. ¿Tan mal andan los ingleses como para recuperar la etapa más insípida de la música de baile y del falso glamour? Suerte que el álbum también pica del entonces futuro –el tono nasal tan Blur de “Another Universe”– y del pasado más entrañable: los coros fifties –con el organillo tipo Chris Montez– de “Magic Touch”, los de “Here Comes The King” y los de “Please Venus”.

 

Lo que no obstante me intriga del disco es su pillería. Quiero decir su descaro pillando. Si “Fade To Black” me evoca una melodía que ahora mismo tengo en la punta de la lengua y alguien debería ayudarme a recordar, en “My Love Is A Seed That Doesn´t Grow” la apropiación de los elementos básicos de “The House Of The Rising Sun” es incontestable (incluso el texto menciona `the setting sun´). Otro tanto ocurre con “Shakes” que, más allá del parecido vocal con “Fame” de Bowie, cae con los mismos acordes a plomo. Y así, sin saber muy bien si la evocación es virtud o defecto en época estival, escucho una y otra vez este disco pellizcándome para constatar que no estoy soñando con una copa en una terraza al lado del mar hace veintitantos años.