Sin rastro del paroxismo de Peter Hammill y ahora nos encontramos dos veces en una misma semana. Primero me tropecé con su reciente “Thin Air”, disco adulto que elevaría el caché de cualquier revista joven. Y hoy le he visto perdiendo el tiempo con un cuestionario del Mojo. El típico selfportrait aparece algunas páginas antes de ese reportaje anual en el que la revista convoca una reunión de veteranos del rock, invitando a un par de recién llegados (esta vez le tocó a Fleet Foxes) para no levantar demasiadas sospechas. Se tiran un día haciéndose fotos, repartiendo abrazos y contando batallitas. Por edad y trabajo, Peter Hammill merecería un año un rinconcito en la foto, pero mucho me temo que desde que huyó del trato de los ochenta rumbo al refugio de su sello Fie! Records nadie le pidió la dirección. “No busco una casa, sino un lugar donde esconder mi hogar”, se le oía en una de sus canciones. No insistí en seguirle a casa.

En sus respuestas Hammill confiesa que es de lágrima fácil, lo cual no deja de sorprenderme viniendo de un cantante que nunca se vino abajo haciendo de la exaltación sentimental la razón de sus canciones. Es más, se fue creciendo en lo que era un permanente tratado de la tensión. Músico esforzado en la tarea poética, las palabras a menudo le dejaban en la estacada. Así lo manifestó en una de sus canciones, “Losing Faith In Words”. Tuvo entonces que buscar aliados en recursos teatrales para explicarse a sí mismo con contundencia y pasión. En constante lucha contra la mediocridad, sus maneras –herméticas y alteradas- asumían serios riesgos. Algunas voces le acusaron de pretencioso. Sospecho que no le importaba; es más, su estilo hacía de filtro, de condición indispensable para llegar a sus canciones. Ataviado como ilustre caballero del prog-rock, sus pasiones brotaron como epopeyas feroces entre paisajes de lirismo saturado. Tampoco creo que tuviera entre sus preocupaciones separar grano de paja.

Hoy, “Thin Air” mantiene viva su apasionada tensión con la mitad de recursos. Olvídense de aquellas piezas rock pensadas para la ópera, del romanticismo airado, del tic generacional. El paso del tiempo ha despertado a otro Hammill, más cercano al estoicismo. Incluso se le nota más preciso escogiendo los sonidos. Hay tres canciones para guardar bajo llave: el enigma que esconde la magnífica “The Mercy”, el blues post-urbano que planea en “Ghost Of Planes” y ese gran acto final que es “Undone”, baladón de alta escuela -la de “Paris 1919”- que me devuelve a sus mejores trabajos, aquellos en que no faltaba la pieza más clásica volcada al piano. A menudo, John Cale también solventaba sus citas con el público de esta elegante manera.

Una detallada revisión de la obra de Peter Hammill desvela los rincones, fugas, orgullos y frustraciones del rock que quiso ser arte. Por eso mañana intentaré retratar -con un top de discos- al artista en los setenta, quizás la única década musical que terminó cuatro años antes de lo que dice mi calendario.