Lo que en otro tiempo y para otros protagonistas hubiera sido un mundo, un obstáculo insalvable proclive a malgastar una carrera incipiente, en el caso de Cohete los tres años transcurridos entre su primer ep y el reciente disco de debut –homónimo, bajo la escudería Micro-macro y la distribución de la histórica Nuevos Medios- han sido un suspiro y han servido para mantenerlos en calma, perfilar los tempos y suavizar las aristas de su ya algo lejano “Simulacro”, disco de presentación.

 

Más allá de premisas familiares inoculadas en su currículum como grupo (la estirpe de los Godino), su sonido se ha terminado de afianzar a base de moldear una argamasa compuesta por variadas y afinadas influencias de dejan a las claras su coherente y variado criterio. Y es que ya no vale con (sólo) echar mano de los hermanos mayores, Patrullero Mancuso, para solventar la aproximación a su modus operandi. Ahí siguen los tratamientos de voces tan aparentemente naif y en segundo plano que hicieron de los artífices de “Fantasía” (Munster, 1993) un punto y aparte en la escena de hace ya casi dos décadas. Y de acuerdo, “Un mamífero magnífico” podría haber formado parte de “Tortilla estatal”, pero también es cierto que las guitarras en general son más contenidas y, si se me permite, hasta más refinadas que las que solían f[r]acturar los de Murky y compañía. Ya hay un trecho considerable entre lo que se mamó desde la cuna, lo que en teoría vino marcado de fábrica, y lo que un grupo tan minucioso y expansivo como Cohete es capaz de formular ahora y en futuras empresas.

 

Dos de las cosas que más en claro se deben sacar en la evolución de Çohete y que pivotan en la idiosincrasia de los madrileños son, por una parte, los pellizcos skatalíticos -vía ‘nueva ola’- que trufan buena parte del minutaje del disco, gracias a la potenciación de esa sección de viento que se ha convertido en el abalorio principal del grupo. “El club cocina” o “El plan” tienen ese perfil marcadamente añejo (que no retro) que tan buenos frutos diera en, por ejemplo, momentos puntuales del segundo disco de los Specials, siempre desde un riguroso punto de vista pop. Por la otra, los años sesenta, bien presentes y sin atisbo de revival ocioso o postizo. Las fanfarrias beatleianas tanto en las voces como en los metales y las tiernas melodías preñadas de las ínfulas de un Syd Barrett época “The Madcap Laughs” se hacen presentes casos como “Una panda de especiales” o “La salud es lo primero”, vía XTC, el mejor grupo revisionista en estas lides. Lejos de estos repechos y más insospechadas a primera vista pudieran ser las referencias a un grupo como Los Ronaldos, pero lo cierto es que es “Mi corbata” no deja de recordar, y bastante, a los que se vieron controlados por John Cale en “Sabor salado” (EMI, 1990).

 

El music-hall castizo marca el compás de “Yo siempre gano”, que sirve para dar el casi colofón al disco necesario del año, el más paciente y sin fisuras por el momento. Todo ello salpicado de pequeños tratados en favor de la autoestima y de la autodeterminación social, de sencillas y eficaces viñetas de la cotidianeidad más desasosegante que Cohete despliegan en unos textos de hilaridad sutil nunca histérica o forzada, perfectamente insertados en esas melodías apretadas de supuesto espíritu despreocupado.