A falta de novedades, este verano mi ipod se nutre de recuerdos, como aquel sesentaynueve que nos cogió por sorpresa. El dub aún no se había colado en las estanterías de los críticos más jóvenes, así que el valiente de turno tuvo que despachar la pirueta de “69” en términos metafóricos, echando mano de cosas como el semen de ballena, los océanos infinitos y las perífrasis retorcidas. Si ahora nos enteramos de poco, en pañales ni les cuento. Realmente, aquel disco de A.R. Kane consistió en un volcado de negritud espacial (y espiritual) sobre un glaciar de bajos y delays. Su congelación mantendría intacto para la posteridad un prodigio como “Baby Milk Snatcher” –tanto en su versión noise del EP como en la gélida del disco-. Pero ha llegado el momento. Es hora de descongelar las magníficas propiedades de un disco que tuvo que pelear con “Isn’t Anything” (My Bloody Valentine) para el premio a “LP incomprendido de 1988”. Por incomprensiones varias. En un primer momento, la prensa especializada de aquí no acogió con demasiada euforia la versión británica de Sonic Youth, aunque el caso de A.R. Kane fue aún más desconcertante. El post-todo de “69” inauguraba los noventa sin que nadie se enterara.

Al menos, My Bloody Valentine se desquitaron en la segunda parte. Porque a Rudi Tambala y Alex Ayuli, una nueva oportunidad les sirvió para crear más confusión. Si en su estreno habían volcado negro sobre blanco (o gospel sobre noise o dub sobre pop) con magistral soltura, con “i” metieron el hedonismo entre la pista de baile y el horno donde cuecen las melodías. Pop para bailar con los ojos cerrados un año antes de “Screamadelica”. O pop para soñar con los pies en movimiento dos antes del primer maxi de One Dove. Después de la psicodélica travesía de su estreno, el dúo inglés de sangre afro-asiática intentaba el doblete en su conquista del dance. Pump up the volume / pump up the volume / pump up the volume / pump up the volume… Pepinazo universal en 1987 cuando se llamaban M/A/R/R/S. Maxi directo al corazón de la rave. En 1989 nadie imaginaba un bajón a corto plazo tras el subidón del acid, pero ¿quién iba a invertir en una variopinta colección -y además doble- de pop cubista y house entre guitarras, firmada por un creativo publicitario de raza negra y un obseso de la electrónica? En la rave se consumían pelotazos instantáneos, no raciones dobles de baile soñador. Y qué decir del joven indie, esperando bajo techo secuelas blancas de “Daydream Nation” en posición de shoegazer. “i” se evaporaba sin encontrar una firme identificación. Si se me permite el símil, era como inventar la entelequia del post-punk cuando el punk te aseguraba barra libre de sexo, alcohol y pasta. Me estoy acordando del “Metal Box”, de PIL. Valiente maniobra que sólo te la reconocerán cuando ya no te interese ni ser reconocido. Ni por tus méritos ni por la calle.