Suelo utilizar los retrasos como excusa a mi desapego del circuito de conciertos, pero en la noche de ayer tuve que cruzar los dedos para que alguien parara el reloj. O, si no era posible, invocara un eclipse de sol cuando Burt Bacharach pisara el escenario. Otro deseo incumplido. La orquesta de siete abrió fuego con “What The World Needs Now Is Love” para anunciar el mayor espectáculo del mundo. Un espectáculo que no necesita de grandes fastos para poner el vello corporal en alerta máxima.

“Empezaré con un medley”, anuncia a modo de aperitivo. ¿Aperitivo, dije? “This Guy’s In Love With You”, “Walk On By”, “I Say A Little Prayer”, “Trains And Boats And Planes”, “Wishin’ And Hopin’” y “Always’ Someting There To Remind Me” se suceden sin corte en apenas diez minutos. El maestro se sacude la presión, ventila en un popurrí el mayor regalo musical jamás imaginado y nos deja con la duda de ver como cumplirá la promesa de dos horas. Se ha traído tres voces para cumplir el contrato. Josie James triunfa con el mismo timbre cristalino de Dionne Warwick en “Anyone Who Had a Heart”. Donna Taylor se come el escenario con su acento gospel. Y a John Pagano le toca trabajarse el registro masculino, que resuelve simulando a Elvis Costello en “God Give Me Strenght” o a Tom Jones en “What’s New, Pussycat”. Sin duda, fue lo que más frío me dejó, pero no le culpo a él. Siempre preferí el matiz femenino en las letras de Hal David.

Quien se aventurara a decir que la profesionalidad era mala compañera de la pasión puede ir reconsiderando su postura tras el gran show de anoche. Sin margen de error se iban ensamblando las canciones sencillas más complicadas jamás escritas. Los dedos de Burt Bacharach cobraban la forma de un gato pasando de puntillas por las teclas del piano. Llevábamos ya una hora cuando oímos su voz en medio de “The Look Of Love”. Lo bordó. Arriesgó en “Raindrops Keep Falling On My Head” y su voz hizo un break. Un detalle de debilidad que puso a prueba el perfecto mecanismo de su máquina de fabricar sueños. Me acordé de Karen Carpenter –otra de las chicas Bacharach- disimulando su anorexia tras aquella fachada de dama envidiable. Todd Haynes reflejó su drama de maravilla a través de la Barbie derretida en el film “The Story Of Karen Carpenter”.

“Cuando me decidí a componer canciones no era nada fácil conseguir un contrato para publicarlas; a veces había que vender cosas como estas”. Y pidió nuestra aprobación por su “Magic Moments” y “The Story Of My Life”. Alternando historia con canciones nuevas (una con loop de Dr.Dre, “que si no le conocen, no es médico”), se acordó de la amistad (“What The Friends Are For”, pensada para un dream team: Stevie Wonder, la gran Dionne, Elton John y Gladys Knight) y de la gran “On My Own”, un regalo para la voz de Patti Labelle.

Si algo aprendí en la noche de ayer es que a partir de ahora intentaré ser más riguroso cuando tenga que elegir mis adjetivos. Porque tanto usar superlativos me obliga a buscar en la estratosfera la adecuada descripción de la estampa del abuelo Bacharach luchando a los ochenta y un años por hacer de “Alfie” el éxtasis de la velada.