Mi opinión del rol de las mujeres en el rock es sesgada. Cuando empezó a gustarme la música, me educaron entre los parámetros absolutamente machistas  de la época, donde ellas debían subordinarse a ellos. Para mí Joan Baez siempre fue una advenediza a remolque de la fama de Dylan, jamás conseguí penetrar –más que superficialmente- en los universos de las Slick o las Joplin, y solo las podía aguantar sobre un taburete con guitarra acústica contando sus tribulaciones emocionales –mucho menos importantes que los alegatos políticos y los recursos poéticos de los varones- en un festival tal que Judy Collins. Con el tiempo y la aparición de hembras capaces de darle la vuelta a mi obsoleta perspectiva de un rock cuyas pelambreras debían contener exclusivamente genes masculinos –Joni Mitchell la primera-, fui cambiando de opinión hasta llegar incluso a escribir un libro sobre ellas, amén de un artículo en Rockdelux (nº 56, septiembre 1989) que me granjeó merecidas antipatías. Aún hoy, con tanto talento por doquier, solo comulgo sin condiciones con las narcóticas de escuela Sandoval, con las que huyen del cliché (escuela O´Hara y Bush) y con algunas de country folk. A las demás las suelo someter a mi detector sensible antiniñatas impostoras.

 

Ahora mismo estoy inmerso en el arte vocal de Laura Groves, cantautora de Yorkshire que opera bajo el paraguas de Blue Roses y ha publicado un álbum con el mismo nombre (XL 2009). Dotada de una magnífica voz capaz de arrullar y embelesar, le saca aún mayor provecho con unos arreglos vocales y coros muy trabajados, sea sobre fondo de piano solemne o de guitarra acústica. Sí, es de origen folk británico predecible. Y aparenta fragilidad femenina manida (el diseño paisajista del disco ya advierte: fotos de faros sobre acantilados, aguas mansas, nieve, etc). Pero también es arte aterciopelado, de suavidad utópica (y tópica cual pomada para usarse en momentos de irritación del alma).

 

El piano fluye, a veces con más protagonismo que el de poner el traje a la composición, como en “I Wish” compartiendo diálogo con la sección de cuerdas. Más cautivadora en el primer single –“Doubtful Moments”– que en el segundo –“I Am Leaving”-, Laura pinta su voz con acuarelas de tonos pastel, ni muy fuertes ni muy licuados, que preservan el intimismo de unas piezas sin dejarlas caer en los terrenos anodinos del género. Poco propicio su sonido en estas fechas calurosas, el disco ganará seguro a medida que vaya entrando el frío. Al tiempo.