Me acerqué por primera vez a la música de Regina Spektor hace ya años con “Soviet Kitsch” (Sire 2004). Aquella portada, estupendamente titulada, encapsulaba lo que era necesario saber de ella en aquel momento: la gorra de marina, la botella y sus ojos de insumisión, con un punto de mirada perdida y otro de alcohol. En la contraportada del libreto interior, una muchacha emigrante de origen judío miraba de lado la vida de los libres. Diáspora, emigración, juventud, arte y esperanza se reflejaban en la fracción de segundo que inmortaliza un disparo de cámara. En el interior, composiciones con base de piano buscaban el aire que ansiaba respirar su autora. Directas y sin grandes arreglos o aspavientos, con una “Us” prodigiosa como excepción –aquí las cuerdas sí cortan el viento como las de “Astral Weeks”– destilando en cada nota un quintal de inspiración.

Han pasado los años y los discos, y ahora Regina se postula como candidata principal al trono de compositora del momento. “Far” (Sire 2009) contiene todo lo que cualquier disco de éxito con credibilidad anhela. Con el piano aún como coprotagonista –portada y sobre todo contraportada- aunque ya olvidadas las cabalgatas desbocadas en aras de un trote más domesticado, se deja de actitudes rebeldes diáfanas y se centra en la composición de autor clásica –como una Carole King reciclada- con aspiraciones de un grammy o tres. Dicho de otra manera –“Folding Chair”-, es más Kate Nash que Mary Margaret O´Hara. Con sus baladas de pasión comedida –“Laughing With”– sin el arrebato de antaño aunque rezumando nobleza y sensibilidad, más convencional –que no adocenada: “Genius Next Door”– y todo lo majestuosa que puede llegar a ser una gran voz con un gran piano.

Los baremos siempre son relativos, de modo que se hace difícil juzgar cuando éstos no se utilizan para medir por igual a la Nash que a la Spektor (conceder un sobresaliente a la primera equivaldría a un notable para la segunda). ¿Se ha evaporado la inquietud o solo se ha canalizado? Antes se la veía ansiosa de escapar de los moldes pero ahora parece estar a gusto (“Two Birds”). ¿Es una consecuencia normal del proceso de madurez? ¿Es una manera subliminal de seguir siendo trasgresora? ¿Cómo averiguarlo? ¿Leyendo entre líneas? Estoy en ello mientras contemplo cómo las teclas del piano están a punto de engullir a aquella muchacha hoy –esos tacones ya no pertenecen a una pueblerina de Moscú– presa –a su modo sigue estando presa- de la sociedad del bienestar.