Durante casi quince años, hip hop y rap fueron géneros periféricos en mi dietario. Me habían interesado algunos textos y texturas aisladas, pero casi siempre sus reivindicaciones no se correspondían con mis inquietudes. Como no tenía planeado mudarme a un barrio conflictivo de Norteamérica ni, una vez allí, pensaba apuntarme en la primera pandilla de la costa donde desembarcase, ni –menos aún- sentiría la tentación de atizarle a la primera moza de piel oscura que me la pusiera dura, pues francamente el slogan de que era la música protesta del ghetto me venía un poco ancho, sobre todo cuando a principios de los 90 el género fue absorbido por la industria y regurgitado en formato más digerible donde cabía –y aún cabe: la mala apropiación actual del término R&B sería un ejemplo similar- todo. Y si además el engranaje se perfeccionaba hasta el punto de convertir el fracaso de Vanilla Ice en el éxito de Eminem, yo prefería –salvo algunos vistazos periódicos a Beastie Boys y Public Enemy- mantenerme al margen. Con ello solo pretendo exponer que ésta es la opinión de alguien muy poco experto en la materia.

 

“Stan” sin embargo es diferente. Tiene unos valores añadidos que, yo al menos, antes no había percibido. En primer lugar la temática, entrando –bastante a fondo, opinión personal- en las relaciones entre fan y artista. Hasta qué punto puede resultar pesado el primero y engreído el segundo. Hasta qué punto nuestros actos –o nuestra ausencia de ellos- puede decidir vidas ajenas. El diálogo además se divide en tres versos en boca del fan y el último en boca del artista. Y todo expuesto en un lenguaje que, aún lejos de los mínimos requeridos en un texto para ser considerado poesía más allá de si rima o no, aunaba en su desarrollo lo plebeyo con cierto aroma de elegancia literaria. Como guinda, el estribillo sacado de “Thank You” de Dido pregonaba una desazón indescriptible.

 

En la canción, Stan es un fan que le escribe una carta a su ídolo. El tono amigable de su discurso le hace suponer que el artista es colega y le responderá de igual a igual (le habla de sus inquietudes, de su novia embarazada, y de sus supuestas afinidades). Como no recibe respuesta inmediata, el segundo verso deja pronto el tono cordial para pasar a la frustración y al reproche desairado. Stan pensaba que Slim Shady –el alter ego de Eminem- era distinto y cae de bruces en la cuenta: es como los demás. En el tercero, Stan ya está fuera de sí contra él. Borracho y enfadado, conduce bajo la lluvia el coche por el puente mientras su novia grita en el asiento de atrás, hasta despeñarlo al agua. En el cuarto, Slim responde a la carta de Stan con maneras políticamente correctas mientras lee el periódico, cuando sus ojos se posan sobre la noticia del trágico accidente y se percata de la relación entre ambos. Entonces acaba la canción.

 

Seguramente en 1968, en plena fiebre cantautoril y entre ideas nuevas a porrillo, “Stan” hubiese sido calificada como original sin más, pero en el año 2000, diseñada en un estilo que ya menguaba –entre lo repetitivo, sexista y chulesco, había quedado lo social en un tercer plano-, esta cruda perspectiva de las relaciones entre músicos y consumidores, vista desde ambos lados de la barrera, resultó antológica.