Nadie sabe la mitad de las cosas que he escrito”, proclamaba Paddy McAloon allá por 1985. No era un farol. Ya por aquel entonces alardeaba de ser un prolífico compositor con decenas y decenas de canciones esperando salir a la luz algún día. Muchas de ellas aparecieron, otras tantas aún permanecen inéditas, y de las últimas sólo es cuestión de tiempo cuándo y de qué manera se harán a conocer al público. Y es que, sea por peculiaridades personales o por cuenta ajena, la trayectoria de Prefab Sprout es bien atípica y desafiante a la ley de la gravedad de la, hoy por hoy, moribunda industria discográfica. Como ocurre con sus canciones, empeñadas en sobrevolar el mundanal ruido y flotar más allá de las estrellas.

La suya es una historia de desencuentros, arrebatos y delirios de grandeza, que han terminado por convertirse en rémora y desprecio por la lógica de la actualidad. De esa manera McAloon, ya sea por acuciantes problemas físicos –sordera y ceguera parciales que ya parece empiezan a remitir-, o sea por esos encontronazos con el show-business, va alimentando esa leyenda un poco a medio camino entre Syd Barrett y Brian Wilson, es decir, entre el ermitaño –es alérgico a las giras- y la épica a la búsqueda de la sinfonía pop perfecta, sean de cuando sean sus piezas. Sólo hay que encajarlas dentro del concepto.

A estas alturas todo el mundo sabe que la última producción de Prefab Sprout tiene trampa: es casi cualquier cosa menos nueva. Se trata en esencia de uno de tantos discos perdidos que su autor, no se cansa de reiterar, tiene en la recámara y sabe Dios cuándo podremos llevarnos al oído. Una demo que ha sido cepillada y abrillantada por Calum Malcolm, su colaborador en el infravalorado “Andromeda Heights” (Sony, 1997). “Let’s Change The World With Music” tiene mucho de viaje en el tiempo, pero a la vez es la constatación de que las cosas, cuando son sólidamente bellas, no tienen ningún problema en traspasar cualquier época, porque contienen el anhelado néctar de lo atemporal. Bendita trampa: la que debiera haber sido ni más ni menos que la continuación de “Jordan: the Comeback” (Columbia, 1990) es, desde hoy, otro clásico, y con toda seguridad uno de los discos más completos de toda su discografía.

Paddy habla de una vocación, tratada en tono alegórico y con una intención espiritual, fatalista y sanadora. Ante todo la música y la obsesión por ensalzarla hasta las últimas consecuencias: “I would gladly spend my life carrying her flags”. Caligrafía sencilla e imágenes poderosas.

Si fuéramos a destripar el invento y a ponerle algún relieve a algo que difícilmente lo tiene, diríamos que el disco empieza de menos a más. Las efectivas y electrónicas “Let there be music” y “Ride” –esta última con un inicio muy a lo Pet Shop Boys– y la pizpireta “I love music” allanan el camino para lo que se desatará después. Y es que a partir de “God Watch Over You” el nivel se dispara y ya no bajará hasta el final. McAloon, cual versado cirujano, echa mano de escalpelo para entretejer una colección de canciones inconmensurable, donde la melodía perfecta y los arreglos de fantasía campan a sus anchas y llenan vanos, con el savoir faire marca de la casa. Maravillosa rutina: ojalá todas las secuelas mantuvieran este fulgor diamantino y esta exhuberancia. De la turbadora “Music Is A Princess” (nuevo tótem del grupo, a la altura de “We let the stars go”, “Cars and girls” o “Prisoner of the past”), a su –no tan- velado homenaje a Marvin Gaye en “Earth: The Story So Far”, pasando por ese nuevo tour de force melódico que es “Met The New Mozart”, el disco es ante todo combustible para el alma. Un inmenso homenaje al influjo embriagador, insondable y revitalizante de la armonía a través de uno de sus más insignes médiums, el autor superdotado de su generación.

No es la rotunda muestra de autoafirmación tras la última -¿y única?- decepción (“The Gunman and other stories”): simplemente uno de tantos litigios saldados con el destino y cosido con primor.