La estoica disciplina de Esplendor Geométrico ha propiciado que esta abstracción futurista luzca sin rival como pionera de la música industrial en España, pero un rastreo sesudo nos revelaría un origen más descentralizado. No obstante, si tiramos de este hilo encontraremos los planos de nuestra primera fábrica musical en una pequeña tienda de discos de Zurich. A la ciudad suiza habían ido a parar unos adolescentes Arturo Lanz y Servando Carballar acompañando a la troupe de los padres de este último. En esta entrevista Arturo me contaba como el dependiente les metió por los ojos el primer disco de Throbbing Gristle, aquel “Second Annual Report” que implementaría el ruidismo sobre lo ruidoso. Desde entonces la vida de Aviador Dro se vería abocada a una traumática escisión. Échenle la culpa al ruido. Realmente la tuvo. El techno-pop de Servando reforzó su postura melódica, mientras los disidentes propugnaban la primera de las simulaciones industriales con más desvergüenza que seguimiento de manual.

Puede que el contexto mediático del Madrid de Almodóvar y Umbral ayudara a Esplendor Geométrico a sacar esas dos décimas de share necesarias para ganarse la primera plana en nuestra revolución industrial. Pero mientras en la capital se invocaba al ruido con muy mala hostia, en provincias el caos también se apropiaba del laboratorio de algún inventor doméstico. Haciendo un mal uso de los lectores magnéticos, sacándole partido a la doble pletina, manipulando osciladores o navegando en la onda corta del dial se podía boicotear el dogma del buen gusto musical. La cinta magnética fue el soporte escogido para llevar a cabo el sabotaje ruidista, para invocar la imaginería industrial. La casete creó guetos, intercomunicados por fanzines como Syntorama o Cloruro Sónico y la devoción informativa desde Radio 3 del periodista José Miguel López. Sólo cuando la rudimentaria red de grabaciones casetera empezó a amontonar tráfico, la escena inconsciente y desmembrada supo reconocerse.

Aquí las vanguardias no invocaron al ruido. Bueno, si cabe como icono tangencial en el mejor de los casos. Nuestro contexto fue muy especial. El punk llegó tarde y mal, así que los más avispados supieron leer el (sin)sentido de una cresta y entender aquella mala hostia sin el feísmo por bandera. La onda corta de un transistor jodía más que una hora de Exploited. En mi escala de valores, en este país pocos grupos más punk han habido que Eskorbuto, Desechables y Esplendor Geométrico.

Las fábricas se convirtieron en referente, quizás hipnotizados por la sacudida conceptual de Throbbing Gristle y el logo de las chimeneas de su sello, Industrial Records. Las imágenes hicieron de guía pero al poco tiempo cada cual arrimó el ascua a su sardina. Unos derivaron hacia el ritmo mecánico, otros hacía el ambiente contaminado, otros hacia la experimentación en las formas, otros simplemente hacia la mala leche… todos conceptos que la música industrial internacional había manejado de una u otra forma. A medida que el desarrollo de la banda magnética inició su frenada, este verdadero mercado underground empezó a perder encanto y seguidores. También achaquen parte de culpa al cansancio: más de cinco años como románticos diletantes exige un busto hasta en las plazas más reaccionarias.

Gracias al sondeo de casetes de Guillermo Castaño en Rockdelux, los pirateos de algún amigo, el trabajo de Andrés Noarbe desde Geometrik Records y las indicaciones de Félix Suárez fui poco a poco descubriendo la manipulación de voces que llegaba desde el sur, el desarrollo conceptual de los proyectos catalanes o el magnífico músculo hidráulico de la gran pareja madrileña. ¿Nombres? Esta misma tarde colgaremos un Top Ten.