Cuando hace doce años, cuatro meses y dos días tuve la oportunidad de entrevistar a Paddy McAloon en el hotel Meridien de Barcelona con motivo de la publicación de “Andromeda Heights” (Kitchenware 1997), creí que, aparte de cumplir un sueño anhelado desde la publicación de “Steve McQueen” –mi primer artículo para Ruta 66 en su número cero inaugural, octubre 1985-, el destino no me había deparado el momento más propicio. Habían transcurrido siete años desde su última perla, “Jordan: The Comeback” –doble: toda una lección de cómo avasallar con talento- y no parecía que el nuevo `comeback´ iba a inundarnos con más composiciones inmortales.

Durante la presente década, con el aún menos imprescindible “The Gunman And Other Stories” (2001) de por medio, el autor sufrió un doble desprendimiento de retina que le dejó temporalmente casi ciego, haciéndole imposible componer según la manera habitual. Pero su nuevo mundo castrado le brindó la posibilidad de afinar los sentidos restantes: se fijaba más en las conversaciones, en la estructura de los montajes radiofónicos, y en muchas otras cosas que a veces un sentido no deja percibir a otro. Así se le ocurrió concebir una obra a partir de frases sueltas que, tal vez ligadas inteligentemente una tras otra, podían expresar el momento tan singular que estaba atravesando. Y con una música orquestada de marcado acento evocador, una suerte de jazz nocturno –cuerdas con clarinete o trompeta- de tristeza melancólica absoluta.

El álbum “I Trawl The MEGAHERTZ” (EMI 2003) gira en torno a los 22 minutos de la canción del mismo nombre, que cuenta con una sucesión de monólogos a cargo de la actriz Ivonne Connors. Quien siga el texto con cuidado quedará sobrecogido ante el partido poético que Paddy le saca a esa voz de tan esbelta declamación. Es algo parecido al resumen de un viaje a base de viñetas esbozando momentos; como si necesitase plasmar esta colección de instantes ante el temor de no volver a recuperarse. Son de una belleza tan profunda –elegancia, plasticidad, emoción, sentimiento- que el tiempo parece no discurrir. De hecho podrías sumergirte entre sus notas 2 horas en vez de 22 minutos, y éstas transcurrirían igual de rápido, aislando cada frase en busca de su significado propio, enamorándote de las texturas vocales de Ivonne mientras te imaginas a ti mismo lisiado –`repite conmigo: la felicidad es solo un hábito´– encarando cualquier fatalidad, hasta llegar por fin al convencimiento que ésta es la canción que te gustaría escuchar en tu entierro.

Dedicado a Nando Cruz, otro fan.