Hace tiempo escuché a un fotógrafo sentenciar que no existe imagen que sea inocente. Supongo que será así, que detrás de una instantánea siempre hay una voluntad de explicar algo sin palabras. Digo que supongo porque no soy demasiado amigo de ir inmortalizando el mundo con un objetivo, ni jamás he ejercido de turista con cámara. No me importa que los recuerdos se diluyan; es más, prefiero esta idea a las certezas del pasado. Llevándolo a mi terreno, tampoco me interesaron las fotos promocionales de los grupos que entrevisté, y sólo cuando fui publicando en este blog mis conversaciones con Paloma Chamorro llegué a desear que llegara el viernes por la mañana, momento en que me perdía por los rincones de internet en busca de televisores destrozados o grafittis que apelaban al fin de la comunicación televisada.

Pero decía que no hay imagen inocente. Y me temo que las fotos que se han hecho Carla Bozulich y compañía –Tara Barnes y Dominic Cramp, nuevo fichaje- para acompañar el lanzamiento de “Prince Of Truth” tampoco escaparán a un juicio de intenciones. Qué duda cabe que esos tatuajes expuestos desde el tobillo a la ingle y el lucimiento de las axilas en estado frondoso pueden ayudar a entender –antes de que lleguen las palabras- que estamos ante una propuesta tan natural como salvaje. Pero hoy me temo que una imagen no vale más que mil palabras. Cualquier verso escupido por la Bozulich domina una legión de instantáneas que se le pongan por medio.

“Hello Voyager” fue uno de mis discos favoritos del pasado año. Cuando leí que Constellation publicaba una segunda entrega de Evangelista maquiné la posibilidad de elevar la temperatura de aquel infierno colosal; si era humanamente viable invocar un malestar/bienestar aún mayor. “Prince Of Truth” gasta menos munición para dar en la diana. Y eso que el comienzo con “The Slayer” apuntaba a disco más abrasador del año. Ahora lo veo como un recordatorio necesario, como esa flecha que señala al infierno mientras la mano de la Bozulich te aleja hacia un purgatorio que, en su caso, no es neutral. Sólo piadoso. Es tiempo de reflexión, de pensar qué cantidad de sinceridad somos capaces de asumir para “vivir con la verdad”. Parece letra sobada eso de que no existe una única verdad en la base de los hechos, pero ella misma parece definirla (eso sí, en su plena ambigüedad) cuando grita “estoy aquí para cuidarte / estoy aquí para destruirte”. ¿De verdad siguen pensando en la sinceridad como la más recomendable de las actitudes?

“Prince Of Truth” es otro de esos discos crecidos desde las artimañas de la grabación. Acompañada por varios amigos de Montreal, Bozulich tuvo que dejar el trabajo en sus manos al ser atacada por un virus en sus partes más sagradas. Su laringe se infectó y el góspel diabólico tuvo que retrasar sus plegarias. Se marchó a casa, a Los Angeles. Los médicos recomendaron reposo, sin reparar en que una mente como la suya, sin actividad física es mucho más peligrosa. Cuando pidió el master “para retorcarlo”, nada le detuvo a la hora de hacer a la música lo que el virus se había atrevido con ella. Y no hay fotografía, por poco inocente que sea, que supere este escenario.