No, no, no. Aún no es hora de ponerse a redactar el epitafio del grupo de David Thomas. Si brindamos de esta manera por una de los bandas menos conformistas de la historia es porque el título de su nuevo disco nos invita a ello. “Long Live Pere Ubu” recoge varios acontecimientos en uno. Es el pago a la deuda histórica que Thomas tiene con el teatro del absurdo que patentó otro señor raro: Alfred Jarry. También es la enésima vuelta de tuerca a las fantásticas reinvenciones de Pere Ubu: ahora le vemos entre bambalinas. Y también supone la confirmación de que David Thomas es un monstruo escénico, una mente privilegiada, un artista de dimensiones homéricas y, en el fondo, una gran caricatura cargada de seriedad.

Decía hace nada David Thomas (al igual que su tocayo Sylvian –ojo, “Manafon” me aburre- o Scott Walker) que el aislamiento del artista es algo siempre deseable; pero que anteponía la integridad del mismo, ya que ésta crea su propio aislamiento. Esta es una consigna adoptada como modus vivendi por otros freaks de altura como son los Residents. Y esto viene al caso porque la burbuja musical de “Long Live Pere Ubu” recuerda más a la escenificación sonora –hermética y humorística- de los seres anónimos más populares del mundo que al cubismo rockero del autor de “The Modern Dance”. Autor y no autores. Excepto él, ya nadie queda de la formación inicial de Pere Ubu. Pero tampoco de la que resucitó al monstruo ocho años después de que hiciera mutis por el foro con “Song Of The Bailing Man”, en 1980.

Recuerdo cuando conocí a David Thomas. Le encontré fumando en la calle, poco antes de la prueba de sonido de un concierto en Madrid. Tenía programada una entrevista con él una hora después y le tendí una mano cargada de convicción, la que dan las anfetaminas. Me la estrechó con desdén y me dijo algo que no entendí. Como un acto reflejo, le acerqué la oreja, lo que aprovechó para volcar en mí su indignación, algo para lo que debo tener imán. Le habían perdido la insulina en el aeropuerto y los técnicos de sonido del recinto donde tocaba no daban con la tecla correcta. Simulé que me importaba y se le escapó un gruñido que quise entender como una sonrisa. Le emplacé al final de la prueba. Hizo como si no me oyera. Llevaba tres horas en Madrid y ya había tenido que sufrir una pérdida, una incompetencia técnica y el tostón de un fan demasiado animado.

David Thomas habla como canta. Gesticula en persona como actúa en directo. Gruñe de la misma manera que sonríe; en el grotesco repertorio de gestos apenas un par de músculos cambian de papel. Imagino que no debe de haber diferencias entre que te cante a capella “Non-Alligment Pact” y que te explique cómo planificó el primer disco de Pere Ubu para que sonara a The Stooges. Aquello me sonó excéntrico; no capté su sentido hasta meses después. Le dije que “Dub Housing” era mi favorito, que para mí suponía la casi completa articulación de un lenguaje que surgió del boquete que abrió “The Modern Dance”, que me recordaba a los mejores discos de un amigo suyo (Mayo Thompson, ¿alguien reivindica conmigo los discos de Red Crayola?), que me chiflaba la novela negra (no me pregunten por qué lo solté, igual porque llevaba pintas de detective barato) y que, si por favor, podía dejar de gesticular con los brazos a cada palabra mía, que me estaba entrando complejo de imbécil. Bueno, esto no lo dije, pero ganas no me faltaron.

Sucedió en plena calle, ambos pegados a una fachada, en la acera. Sus ciento y pico de kilos sentados en una silla ridícula. Yo, tirado en los adoquines con ese gesto anormal que tienen los invitados de Garci; en algún momento creo que llegué a arrodillarme. Las pilas de la grabadora se habían agotado al comienzo de la charla pero mi brazo seguía en alto en un acto de simpática profesionalidad. Tras veinte minutos, ochenta muecas, treinta aspavientos y doce bufidos se levantó como pudo y me dijo que se largaba a comer algo. No se me ocurrió otra cosa que decirle que le acompañaba. Hay periodistas que merecen ser abofeteados hasta decir “basta”.

Todo esto –que conté en su día en Rockdelux- me viene a la cabeza cada vez que escucho un disco de David Thomas. “Long Live Pere Ubu” no ha sido la excepción.