Al igual que le ocurría al profesor de piano protagonista de “Kiss Me, Stupid” (Billy Wilder) con Dean Martin, nunca las tengo todas conmigo con Richard Hawley. Cuando trae un disco debajo del brazo le cito en mi casa y sin demasiadas prisas -ni un entusiasmo con que recibo a otros-, primero le echo una mirada, le repaso con el oído, le llevo a los rayos X, más tarde a la prueba del algodón, acabo con la máquina de la verdad… y él sigue impoluto en su sobriedad sin haber pronunciado una palabra en su defensa de artista a prueba de bombas.

Richard Hawley tiene un poco de Dino y algo más de Elvis. Le falta la perrería de uno y la megalomanía del otro, pero sólo su falta de otras ambiciones le negaría un escenario a perpetuidad en la ciudad de Las Vegas. Igual cuando tenga sesenta; puede que acompañado de su amigo Jarvis Cocker, cuando éste ya se haya cansado de proclamar cierta rebeldía british, ahora que su viejo compinche en Pulp acaba de asumir con resignación la condición del amor después de los cuarenta. “Truelove’s Gutter” llega como el disco idóneo para mostrar sus grietas del corazón como lo que son: conflictos a reparar y no burbujas de champán. Hawley siempre ha confiado en la contención de su magnífica voz. También en la sobriedad de unos textos que nunca echaron de menos la aventura poética. Igual le faltaba una cita a la luz de la luna donde su intimidad se relajara. La que acaba de conseguir.

“Truelove’s Gutter” denota superioridad, definición y premeditación. Ignoro si los artistas son conscientes en tiempo real de su trayectoria, pero su nuevo disco parece guionizado para equilibrar los latigazos de felicidad del inferior “Lady’s Bridge”. Hablaba el crooner de Sheffield de una mala racha en su vida personal y algo me dice que cuando un artista prepara el terreno lo hace porque duda de la claridad de lo que acaba de regalarle al mundo. “Truelove’s Gutter” es un disco surgido de cierto agotamiento sentimental, de cierta tristeza moral. Pero sus canciones no me suenan tristes ni quebradas, sino nuevamente victoriosas. ¿Es por eso que ha elegido como single la confidencial “For Your Lover, Give Some Time” cuando “Open Up Your Door” parece más eficaz y masiva? Mi favorita es “Remorse Code”, con ese paciente tejido de guitarra que describe mejor el giro amoroso –con sus baches y su tránsito atmosférico- que la interpretación vocal. Puede que mañana sea “Soldier On”.

En la Facultad tuve un profesor de matemáticas que corregía los exámenes al revés. Empezaba desde el diez y a medida que detectaba errores iba restando al total. Richard Hawley hubiera sido su alumno preferido porque “Truelove’s Gutter” es un disco inmaculado. Yo en cambio no valoro al revés ni al derecho, sino con los ojos cerrados. Y entiendo que un examen excepcional me debería dejar sorprendido, extasiado, fatigado emocionalmente, y tras escuchar el sexto de sus discos lo único que me siento es jodido… pero de envidia. De verle, tras el vapuleo emotivo, sin una arruga en la camisa, ni una gota de sudor, ni una palabra arrastrada entre una lágrima. ¿Será Richard Hawley un holograma musical? ¿La fantástica simulación de los sentimientos adultos que el indie necesitaba? ¿O un mapa del corazón envuelto en el papel de regalo más espectacular que encontró en la tienda? Como ven, sigo igual de desconfiado que aquel profesor de piano que bajaba una ceja cada vez que veía pasar a su lado a su admirado Dino. Aunque por razones bien distintas, claro está.