No es fácil hablar de los síntomas de Baron Mordant y no resultar pedante, vacío, torpe,… Tampoco es común encontrarme a mí mismo redactando un texto de una canción con apenas dos meses de vida cuando ya tenía maduradas tres o cuatro veteranas, almacenadas en la bodega y a la temperatura adecuada. Eso es; yo creo que fue la temperatura, el rápido descenso del mercurio lo que me puso sobre la pista de “SyMptoMs”. Me gustan las canciones frías en las que intuyo un núcleo caliente. Arthur Russell sabía mucho de eso. David Sylvian, por desgracia, parece haberse olvidado de mantener el corazón acolchado. Mientras el mundo se aceleraba, el señor Mordant (Ian Hicks) ha sabido esperar agazapado en su micromundo electrónico, absorbiendo con paciencia lo más excitante de la comunicación individual y enviando al exterior las señales que considera precisas para marcarnos el camino hacia su inquietante metro cuadrado. Ya avisé: era todo un reto manejarme con palabras por las fosas abisales. Me consuela pensar que si le leen a él les confundirá aún más.

La temperatura ha bajado y me siento como en casa. Oír “Symptoms” desde esa profundidad marina donde se diluye el dubstep me produce el mismo cosquilleo que el día que escuché por primera vez “Blue Lines”, de Massive Attack. Fue el mismo escalofrío que eché en falta cuando descubrí a Burial, un muy apañado fantasma al que le faltaba charme. Notaba una presencia familiar en un entorno totalmente desconocido. Detectaba un ambiente propicio a la comunicación directa, desprovisto –y ahí radicaba el milagro- de hechos, de complicidades, de referencias, de tópicos. Para que me entiendan: en el fondo me da igual de lo que hable “Lorca” (Tim Buckley) o “Tilt” (Scott Walker) porque allí los significados encontraron una vía más elástica que las palabras. En la canción que inspira este texto hay claros síntomas de nuevos retos para el diálogo musical. Me da igual tener que desdecirme dentro de año, pero ahora mismo siento a “Symptoms” como esa canción bisagra llamada a solapar una década con altibajos en el discurso electrónico con una nueva a la que se la regala una idea con mayúsculas: el poder de la persuasión vocal como vehículo para introducirnos en una nueva construcción tecnológica que maneja sin miedo los restos del pasado para imaginar el inmediato futuro. AtomTM también lo consiguió a principios de año con “Liedgut”, relectura del romanticismo alemán apoyada en el pedazo de eslabón que fue “Radio Activity”, de Kraftwerk. Son dos ejemplos muy claros del duelo contemporáneo que mantiene el hombre con la máquina. Hace décadas Kraftwerk consiguió el primer punto. Puede que Depeche Mode se hicieran con el segundo.

Aunque la canción es abrumadora por sí sola, la experiencia se enriquece escuchándola arropada por “Hey, Volte-Face!” (por eso mencione a Arthur Russell y su apariencia quebrada sobre cimientos muy sólidos) o “Another Uncompleted Dome” (el ambient como enemigo del muzak), dos ejemplos en los extremos de “SyMptoMs”, el disco. Debo ser un marciano, porque donde algunas reseñas ven las brumas de la abstracción yo percibo un prodigio de síntesis y concreción… eso sí, desenfocada. O, al menos, no me negarán que hay síntomas.