Cuando en 2004 Jim James, Conor Oberst y Matt Ward decidieron hacer una gira conjunta compartiendo juntos varios tramos de la velada sobre el escenario, era como un sueño hecho realidad. Tres de los veinte músicos en activo que más admiro asociándose: de algún modo sentí que mi devoción había sido recompensada. Después cada uno volvió a seguir su propio camino, aunque de tanto en tanto asomaban la nariz con pequeñas participaciones en discos de los colegas para reafirmar el talante imperecedero de la amistad.

Así que no resulta una gran sorpresa ver que por fin han sellado el pacto de hermandad con un álbum. Para ello, con la ayuda de Mike Mogis (mano derecha de Oberst), se han escondido tras el nombre socarrón que usaron para la gira, Monsters Of Folk. Lo que ya es más sorprendente es el nivel altísimo de la grabación pues no había mucho que ganar y, como los equipos de fútbol repletos de estrellas, sí mucho que perder. Si cada cual se dedicaba a ocupar su parcela o fracción del pastel sin pensar en el material de los otros, malo. Malo también si apostaban por sentarse a componer juntos: lo más probable es que quedasen diluidas las virtudes de todos ellos. La solución –óptima- ha estribado en trabajar sobre los elementos musicales comunes de los tres. Cada cual aporta sus composiciones pero los demás intervienen muy activamente en el aseo de éstas, de modo que a veces no puedes asegurar quién de ellos es el autor.

La moraleja de esta aventura ya se puede intuir en “Dear God (Sincerely M.O.F.)”, la primera canción de “Monsters Of Folk” (Rough Trade 2009). Parece que manda James cantando las primeras frases y llevando la música hacia los terrenos místicos con pinceladas soul –sucedáneo de arpa tipo Curtis Mayfield, texto a lo “What´s Goin´ On”– que tanto le gustan. Poco después cantan su estrofa Matt y Conor para certificar que todos firman –con los coros milimétricamente aterciopelados- la misiva a este ser superior que tan olvidados tiene a los de aquí abajo.

La parte central del álbum, aunque repartida –hasta en lo instrumental: todos se turnan con guitarra, bajo y batería- está marcada por el tono sepia de grabaciones de rock & roll de hace medio siglo en las que se está especializando M.Ward. Y las que aparentemente cuestan más, las del Oberst pausado, poco a poco van entrando hasta la cocina –impagables los aullidos decorativos de plasticidad estremecedora de James en “Temazcal”-, creciendo a medida que crece con ellas el álbum. De hecho, hacia la undécima pieza –la eufórica “Losin To Head”– empieza a imponerse esta sensación de crescendo a base de momentos cada vez más maravillosos: no hay palabras para expresar la ternura de “Magic Marker” con sus frases –how many licks does it take to get to the center where there´s something sweet– para derretir el granito. Y si hay un momento donde el granito definitivamente se derrite es en “The Sandman, The Brakeman And Me”, con Ward llevándonos a su vergel hasta reventar la noche estrellada –gracias a una subida de sintetizadores del siempre eficiente Mogis– con las voces angelicales de los tres.

Hace unos meses en un post más arriba cuestionaba el rumbo de M. Ward. Los argumentos, aunque distintos, podrían resultar igualmente tibios analizando los últimos pasos de Bright Eyes o My Morning Jacket. Hoy sin embargo toca sacarse el sombrero. Veo a Conor en el dibujo de la contra con su camiseta de San Miguel, y me gusta. Le veo con gafas de quinceañero en la foto interior, y también. Me gusta que parezcan sentirse a gusto. Me gusta que se autodefinan en broma como monstruos; del folk o de la música en general. Porque para mí, en serio, lo son. Me gusta ver este disco como el “Deja Vu” de la presente década. Me gusta, me gusta, me gusta. Me gusta mucho.