Aunque ya expuse hace unos días mi opinión sobre el directo de Fasenuova, su impacto bien merecía una entrada. Las canciones que había escuchado en su myspace realmente no hacían justicia a una puesta escénica muy a lo Esplendor Geométricofrontman desatado y escudero concentrado- y un desarrollo cada vez más Whitehouse. Hablamos de una fórmula industrial con base de operaciones en el ruido más incordiante; pero también de rock’n’roll… sí, rock’n’roll.

Una vez acabado el concierto que dieron en la Sala Nasti, de Madrid, una amiga común me presentó a Ernesto Avelino, el tipo que se desgañita con el micro y forcejea hasta la extenuación con los ruidos crujientes que lanza Roberto Lobo. Ambos de Mieres, cuenca minera. Les comenté que su directo me había traído a la cabeza uno de los temas de “Birthdeath Experience”, el estreno –allá por 1980- de Whitehouse. Desde el título mismo, “Rock’n’roll” daba una vuelta de tuerca al moldeable concepto del ruido, un recurso demasiado goloso para sacar a la luz hilos invisibles, desarrollar conexiones socio-políticas y confabular con ensayos intelectuales. Y aunque a mí personalmente estos esfuerzos siempre me han parecido interesantes –no juzgo las conclusiones-, todavía más sana me resulta la actitud de William Bennett, quien siempre defendió su música como rocanrrol. Eso sí, no encontrarán en él una sola guitarra ni los tres acordes de toda la vida. Y no se trata de ironía posmoderna. Al igual que hicieron Suicide con la herencia de Chuck Berry o Muddy Waters, Bennett recondujo la bofetada incandescente que en su día pudieron suponer The Stooges y la trajo a una época más tecnológica envuelta en llamas de sintetizadores, subfrecuencias enemigas de los tímpanos y textos sin mayor pretensión que tocar los cojones a los que se les llena la boca con escándalos. Cambien Londres por la cuenca asturiana y tendrán una primera impresión de lo que es Fasenuova.

Conspirando bajo otros nombres, la pareja ya venía dando guerra desde finales de los ochenta. Y eso se nota en un ramalazo melódico-mecánico que no logran disimular ni subiendo los decibelios ni apurando los gritos de un Ernesto al que se le ve muy suelto entre las grietas del espectáculo. Me encantó el forcejeo de la voz –a impulsos, a tirones- contra el poder constante e inimitable de la máquina; el grito echándole un pulso al Korg. Entretenido como concierto, impactante como experiencia y necesario como actitud. El directo nacional más incuestionable que he visto este año en un escenario reducido.