“Lluis Llach hace bandera y a la gente esto le encanta. La gente siente eso. Es repugnante ese sentimiento. Yo soy un cantante galáctico que canto en catalán por pura casualidad, sin pretextos ni banderas”. Éste era Jaume Sisa, haciendo amigos en la agonía del franquismo. A riesgo de recibir un palo de sus colegas o pasar una temporada a la sombra, Sisa publicó su primera canción escondiendo el veneno entre sus pintas de loco y los juegos de los niños. La censura obligaba a la metáfora. El de Poble Sec inventó un héroe que no era de carne y hueso, ni gritaba a coro por la libertad, ni sobresalía por su lucidez entre el pelotón de hombres fabricados. El héroe de Sisa era un hombre dibujado que, tras recibir un bautismo de agua mineral, saltó de un tebeo y con un gesto totalmente desenfadado se lanzó a hacer la guerra por su cuenta. Su escudo era su propia naturaleza. ¿Quién iba a perder el tiempo en desmontar a un monigote inservible? Pasarían los años y sus nuevas recreaciones irían apagando poco a poco la magia de aquel primer dibujo. Nada que objetar; los nuevos cada vez eran mejores, alcanzando la cima en aquel sentido homenaje al tebeo –ya no hay metáforas que valgan- que fue “Qualsevol nit pot sortir el sol”.

A ninguna canción le deseo por lo que ha pasado “L’home dibuixat”. Menos mal que, antes de que la Orquesta Platería la tocara en plan vacile o que el propio Sisa la convirtiera poco menos que en objeto de mofa a ritmo de ska, un ángel de la guarda llamado Pascal Comelade se apiadó de ella. Y así la conocí, con las últimas trompetas de una verbena de pueblo pobre, en una versión creada para la edición del 92 del Saló del Còmic de Barcelona. La tituló “L’Orquestra del Titanic Plays ‘That’s Amore’” y evocaba a rabiar las fantasías de los tebeos. A mí esto me remonta a mañanas por el barrio madrileño de Malasaña, cuando el barrio era más barrio, cuando las pescaderías sacaban el género a la acera de la calle Espíritu Santo y una oronda lotera se desgañitaba para llegar más alto que el ciego de la esquina. Entre las señoras con delantal se empezaban a colar los primeros punkis. “Ya llega la locura”, me avisaba mi abuela mientras saludaba uno por uno a los vecinos. Ahora hay unos cafés muy cucos que sirven cortados a precio de carajillo. Y unas tiendas monísimas que venden espíritu jipi a los pijos… ¿o era al revés? El caso es que cuesta imaginar el zoco urbano con olor a coliflor que aquello fue. Bajando por la calle, ya en la plaza, donde ahora se instala un anodino parque infantil, había un pequeño quiosco. Nunca vi uno más enano. Siempre que pasaba al lado buscaba con los ojos el nuevo número de El Jabato. Casi todos los niños pedían al Capitán Trueno, pero mi elección no pudo ser otra. Mi imbatible timidez me impedía dirigirme a la quiosquera, así que cuando esta se daba media vuelta, de puntillas agarraba lo primero que podía. Pero El Capitán Trueno siempre estaba ordenado en los estantes de arriba. Al crecer lo suficiente ya pude cobrarme deudas, además de hacerme con la colección Olé a pares. Primero devoraba su contraportada, aquella delirante orgía vecinal que era 13 Rue del Percebe.

Tanto en su versión original como en el doble rapto de Comelade (hace tres años la volvió a interpretar en un tono más descacharrante), “L’home dibuixat” mantiene en formol ese poder del tebeo. Y aunque a los monigotes ya nadie les hace caso, siempre da buen rollo encontrarse a uno con la nariz bien gorda y que ande peleado con el azar. El que inventó Sisa aún lleva un cartel pegado a la espalda, cual inocentada. En él todavía puede leerse bien claro No estoy muerto”.