Entre muchas otras cosas, los ochenta fueron la década del single instantáneo, de los desmesurados beneficios musicales, del star system como negocio de altura. Desempolvar aquella máquina de hacer churros de oro y recordar los cuatro trucos de las canciones directas pueden oxigenar un día a día a menudo cargado de más sentido y sensibilidad que simple y sana diversión. Annie y Sally Shapiro llegaron desde el frío para situarnos a mitad de la década de las plusvalías millonarias, aunque hace ya unos años que la maquinaria discográfica no tiene plaza vacante para proyectar a una noruega cogiendo el papel de Madonna en su primer disco ni a una sueca modosita enganchada al italo disco. Princesas para unos pocos en este sprint final de 2009, pero me temo que sin cetro alguno con que gobernar el futuro de todos.

Anne Berge Strand creció en Trondheim, ciudad áspera que sirve de paso para los que un día nos aventuramos a pasar una temporada en el Ártico con poco más que un billete de tren y una mochila. Allí no hay nada que hacer, más que reflexionar –en mi caso, mientras esperaba un porrón de horas al tren que me acercara a las polares islas Lofoten- sobre qué vas a hacer con tu vida y visitar la típica iglesia escandinava de tejados puntiagudos color turquesa. En Noruega, los retos económicos pronto se ven satisfechos, el frío condiciona un ambiente metido para dentro y la irregular orografía facilita los amplios espacios sin contacto humano. No me extraña que su madre la cogiera y se mudaran a Bergen (en la foto) cuando la niña llegó a la adolescencia. No es que este puerto de cuento de hadas sea la alegría de la huerta, pero al menos mantiene un par de clubes en los que se puede empezar a jugar con un par de platos y una mesa de mezclas. Ahora Annie vive en Berlín, hace buenas migas con Peaches y ha sabido juntarse con quienes pueden sacar el mejor partido de sus canciones, rabiosamente contagiosas.

El currículo de la chica que se esconde bajo el seudónimo de Sally Shapiro –se niega a facilitar su nombre real- puede que palidezca si se compara con el de la noruega, pero hay algo en él que me conquistó. Trabajaba de secretaria en una oficina cuando un compañero descubrió que tenían un gusto común: a ambos les chiflaban las cantantes de voz melosa que inundaron media Europa de música disco. En España el italo disco no tuvo tanta repercusión; aquí el pastel se lo comieron las producciones de Stock Aitken & Waterman y estrellas incipientes como Rick Astley, Sinitta o Bananarama. Nos gustaban más los beats marcados y definidos que los ritmos acolchados de sintetizador, el estribillo que se aprende en tres minutos que la melodía que necesita de tres escuchas, el chiste fácil que el contoneo sexy. Debo decir que, aunque ahora disfruto con tres canciones de Sally Shapiro y con otro tanto de estribillos logrados de Annie, con quince o dieciséis años yo no distinguía entre dialectos del dance de radiofórmula. Para mí eran la misma horterada. Quiero pensar que la moda condicionaba bastante. Sólo pensar en el estilismo de Rick Astley o el cardado imposible de Spagna y se me ponen los pelos de punta. Supongo que las canciones ya me llegaban tocadas de muerte.

Regreso al presente. “Don’t Stop” pone a la venta un pop de plástico más resistente de lo que puede parecer a simple vista. Annie repasa sonidos de los últimos cinco años y se aprovecha de la coyuntura (Alex Kapranos mete guitarras en un par de temas y Richard X le produce otros) para intentar moverle la silla a Kylies y compañía, aunque la noruega ya sabrá que la fortuna mediática en el 2009 sólo se consigue con coreografías de horas, potentes estilismos, espacio en la información rosa y una voz menos indie. Más crudo lo tiene Sally Shapiro, aunque mucho me temo que ya se dará por recompensada si alguno de sus fans le comenta que sus canciones le recuerdan a aquel “Get Closer”, de Valerie Dore. Editando el sonido original y eliminando los tics menos afortunados de la época, la sueca le come el terreno a la noruega en la media distancia pero se ve superada en el cara a cara. Por los títulos de sus canciones también se distinguirán. “My Love Is Better” canta Annie con una seguridad propia de retos mayores; mientras, la Shapiro –menos emprendedora y alérgica a los directos- prefiere plegar alas y encomendar su voz afrancesada al magnetismo de la medianoche (“Moonlight Dance”). Fuera, en la calle, la temperatura no alcanza los cero grados.