Admitía John Cale en su autobiografía que en las reuniones –por llamarlas de alguna manera- de la Factory a menudo se sentía como el freak heterosexual que nunca sabía dónde mirar. Lou Reed era el tocapelotas, el tío guay que iba de ambiguo cuando era Andy el que miraba y el borde que dedicaba peinetas cuando era John el que tenía algo que decir. Lou no se liaba con nadie; tiraba la moneda y esperaba reacciones, quien sabe si buscando chicha para escribir la gran novela que nunca hará. A cambio nos conformamos -y de buena gana- con sus crónicas de barrio bajo. Las que conformaban el áspero panorama de “Berlin” aún siguen supurando sólo con mirarlas. Lou Reed hablaba de putas y pintaba a los yonquis para empujarnos hacia la más cruel redención. “Sad Song” es un durísimo escarnio para los cretinos a los que siempre nos salen los gestos más cariñosos cuando ya no hay nada que hacer.

He vuelto a leer los tópicos de siempre con motivo de la filmación que hizo Julian Schnabel de los conciertos conmemorativos de aquel disco. “Berlin” no es una obra maestra porque hable de chicas suicidas y yonquis malísimos antes de que llegara Christiane F. y ese magnífico usurpador que fue David Bowie. Lou le dio a los setenta una clase de anti-rock cuando nadie la pedía… y no sé si entonces alguien la necesitaba. Ya no estaba papá Warhol. La coartada del Soho había desaparecido. Ahora te las tenías que ver con una ópera rock, envase pomposo que Lou consiguió desinflar con una narración que no escatimaba en pequeños matices y grandes heridas. La debacle narrada puede ser bastante sexy. La vivida inspira compasión. Me temo que Lou Reed eligió la carrera de cronista antes que la de músico confesional porque no soportaba esa sensación. Y así guionizó el via crucis de Jim y Caroline con trágico final en “The Bed” y el día después llamado “Sad Song”. Aún sigue siendo una de mis canciones de amor favoritas. En parte porque no encontrarás ni un love ni un S.O.S. entre sus diez versos.

El mundo se equivocaba cuando le dio la espalda a Lou Reed creyendo que les había negado un nuevo “Walk On The Wild Side”, cuando en el fondo les regaló nueve paseos aún más salvajes (tuvo que someterse a un tratamiento de desintoxicación tras la grabación del disco) y una canción de amor con trampa. Los brillantes arreglos de “Sad Song” llegan como una liberación después de tanto chute, tanto maltrato y un lento y oscuro suicidio. Pero con ellos también se presenta la peor de las penitencias: ver como descansa mi conciencia sobre un álbum de fotos desde el que la recuerdo como una gran reina cuando jamás moví un dedo para que dejara de sentirse como una puta.