Estamos en una era donde casi todo es posible gracias al progreso. Todo se puede conseguir desde el comedor de casa, todo se puede falsificar con la maestría de un restaurador de retablos, sembrándonos las dudas entre lo que es y lo que parece. Y nadie ni nada está a salvo. Como admirador de las construcciones sonoras que valora el andamiaje tan elaborado juntando combinaciones vocales complejas, instrumentación ornamentada y arreglos floridos de aquellas no tan sencillas obras maestras de pop de la Tamla Motown entre 1963 y 1968 –y de toda la tropa de grupos vocales de color que vino después hasta eclosionar juntos en el Philly Sound-, me quedo perplejo escuchando a un muchacho más blanco que el culo de un niño del KKK anunciando pañales –eso sí, de Detroit, Michigan: puro pedigrí- recuperar la fórmula en plan casero mientras destroza las teorías que sostienen que solo los negros podían tejer ese sonido tan enrevesado y a la vez accesible.

 

Evidentemente Mayer Hawthorne –de nombre real Andrew Cohen– no ha sido el primero en intentarlo: Todd Rundgren ya experimentó treinta y muchos años atrás con “Something/Anything?” y “A Wizard A True Star”, pero en un plan más cariñoso y a la vez mucho más gamberrete. Incluso mucho más respetuoso con su propia persona preservando su identidad y no regateando los royalties pertinentes. Porque “A Strange Arrangement” (Stones Throw 2009) tal vez sea considerado un homenaje a un género del fanático lugareño autodidacta de turno; o una lección magistral de Historia de pop negro sixties sin intención se suplantar los originales ni hacer –como un Bublé cualquiera- un escarnio de ello para los no iniciados. Espero que sí. Pero su método de rescate, con recursos pillados de aquí y de allá –“Shiny & New” arranca clavado a “Oh Girl” de The Chi-Lites para luego escupir casi la misma sentencia que “You Make Me Feel Brand New” de The Stylistics– me produce cierta urticaria que, cierto, se convierte en guiño cómplice –calca tan bien los truquillos de las Supremes de “Can´t Hurry Love” en “Your Easy Lovin´ Ain´t Pleasin´ Nothin´” y “One Track Mind”– y deviene placer, aunque siempre en guardia y alerta ante tamaño ejercicio febril de apropiación modernista. ¿Mayer héroe o villano? Yo me quedo con Tahiti 80.