Nada tiene de especial el 222 de la calle Bowery, en Nueva York. Una fachada de ladrillo rojo con cuatro ventanales por planta, un portal tosco con verja de hierro y nada más que tres vecinos, si atendemos al portero automático. Llegué allí en enero de 1998, en parte animado por John Giorno, actual inquilino de uno de los lofts. La historia fue como sigue. Una tarde de 1996 me llamó Santi Carrillo para concretar qué artistas del primer festival de poesía y spoken word que organizaba Festimad íbamos a entrevistar para la revista Factory. Dos eran claros: John Cale y Lydia Lunch. El tercero prácticamente lo impuse: John Giorno. Sin apenas forcejeo me dio la entrevista, aunque sólo le conociera de refilón. Pero allí donde metía el hocico, su nombre aparecía. Si hurgaba entre los textos de William Burroughs, a menudo surgía como el compañero silencioso de los mediáticos beat. Si me agenciaba un libro de fotos de aquella generación, siempre había alguna de Giorno escenificando sus poemas o en actitud cariñosa con alguno de sus amantes. Si buscaba piezas inéditas de Laurie Anderson, Diamanda Galás y demás artistas que martillearon mi educación musical, por algún lado me llegaban los recopilatorios con temas inéditos sobre asuntos candentes que sacó con su licencia, Giorno Poetry Systems. Entonces era la persona más interesante con la que me había enfrentado grabadora por medio. Catorce años después no le bajo de un top 3.

Le llamé por teléfono. Quedamos en el mezzanine del hotel que ocupaba en Madrid. Tenía un discurso encantadoramente beat: muy concienciado con uno mismo, profundamente desmitificador y con cierto orgullo de irresponsable social. Hablamos de Andy Warhol, a quien conoció y con quien tuvo más de un amistoso encontronazo. El líder de la Factory creía crecer un centímetro con cada flor que le lanzaba la gente que admiraba y me da que a Giorno aún le da urticaria aquellos que se miran el ombligo. “¿Que no sabes quién soy? ¡Chúpame los pies!”, le ordenó Andy. “¿Y qué tal si mejor me chupas tú la polla?”, propuso Giorno, no sé si exento o no de ironía. Al poco tiempo ya estaban rodando juntos. Uno en pelotas en la cama. Y Warhol filmando cualquier intrascendencia que pudiera escandalizar.

También hablamos del viejo Bill. Entonces le devoraba. Más sus textos periféricos, diarios y ensayos que sus novelas. Si separamos las dos primeras (“Yonqui” y “Marica”: literatura pre-Dennis Cooper) siempre me hicieron bola en la garganta. Le pregunté cómo era. “Una persona bellísima”, no dudó. Esto se lo he oído decir a sus amigos más cercanos. Los que no lo eran tanto, sin embargo, destacan cierta tiranía en la voz y los actos. Pero aquella contestación me hizo ver que conectaba con Burroughs (moriría al año siguiente a esta entrevista). Seguramente al viejo le encantó esa actitud descreída sobre toda generación de creídos, ya vinieran del rock, la literatura más libre o el pop-art. Recuerdo una anécdota que contaba el escritor Víctor Bokris en un libro que escribió recogiendo impresiones sobre Burroughs. En los años setenta, el autor de “El almuerzo desnudo” pagaba el alquiler del 222 de Bowery. Era el mítico “bunker”, amplio espacio poco ventilado donde la bohemia neoyorquina celebraba no pocas veces el haberse conocido. Unas veces Allen Ginsberg y otras Jim Grauherholz (secretario y posterior amante de Bill) hacían de cicerone entre el mundo y William Burroughs, organizando reuniones sociales donde los poetas alternaban con los pintores y los músicos de rock babeaban al conocer a los mitos de la generación con la que crecieron. En una de aquellas cenas, el invitado de honor fue Mick Jagger. (Continuará)