(viene de ayer)

Todos querían preguntar por Brian Jones. Sus coqueteos con las drogas en el norte de África parecían más estimulantes que el número de gramos que se había esnifado Keith Richards durante la desfasada grabación de “Exile On Main Street”. Cuenta Victor Bokris en su libro que la velada giró sobre las anécdotas del vocalista de los Rolling Stones. Apagándose las últimas voces de la reunión, alguien le pidió opinión a William Burroughs. “¿Qué me ha parecido Mick Jagger? Un muchacho muy antipático: llegó media hora tarde”. Pues un poco así –aunque con mejor disposición para la amabilidad- veo a John Giorno. Más preocupado de los detalles que podían importunar a un chico inexperto como yo que del excelso background del invitado a su cena.

Aunque Burroughs renegó siempre de ella, la generación beat le necesitaba como a un padre a edad temprana. Pedía a gritos sus collejas cuando los egos se inflaban, y solicitaba ayuda cuando la inspiración pasaba de largo sin dejar ningún regalo. Giorno tuvo una relación muy cercana con él, tanto que mi drogadicto favorito le cedió los derechos sobre el bunker cuando tuvo que emigrar a Kansas City, obligado por los diagnósticos médicos. Desde entonces, el loft de Bowery se convirtió en su centro de operaciones. Primero fueron sus “poetry systems”. Los más famosos se vendían a través de la línea telefónica. Si llamabas a unos números, todos los días recibías a cambio un poema a través del auricular. Cuando agotó la fórmula entró en el circuito de los recitales poéticos. En 1996, cuando le conocí, había organizado una fundación de ayuda a enfermos terminales de SIDA. No se trataba de apoyarles con medicinas, sino de pasar el mayor tiempo con ellos cuando llegara el momento de la verdad.

Nos carteamos una vez. En la primera le pedía un dossier completo de las actividades de la fundación. Quería publicar un texto sobre él y en breve viajaría a Nueva York, por lo que podría dármelo en mano. Respondió. Agradeció el interés y me invitó al 222 de Bowery. Ahí quedó la cosa. Porque ni en la víspera del viaje me decidí a anunciarle mi llegada. De repente, pocos días antes del vuelo tuve la sensación de estar invadiendo la parcela íntima de alguien que no lo merecía. Me interesaba su fundación como parte de su trabajo, pero no quería confundir a alguien que ya había enterrado a varios amantes. Porque, a riesgo de parecer insensible, tampoco voy a ocultar ahora las intenciones vampíricas de un (entonces) mitómano de veintisiete años. Quería saber más del carácter de Burroughs, de las noches del bunker,…

No volví a tener contacto con él, pero en todos los viajes que he hecho a Nueva York cuando llego a Bowery aminoro el paso. Miro al sur, hacia la calle Houston y me coloco en la acera de la derecha. Entonces camino sin prisa, fijándome en las pocas personas que se animan a pasear por esa calle, sobre todo en invierno, cuando las aceras acaban escoltadas por montañas de nieve negra y las puertas de los delis se convierten en ansiados repostajes de calor. Cuando llego al 222 compruebo de reojo si en uno de los letreros de los pisos aún figura el nombre de John Giorno. Hace dos años estaba reluciente. Dentro de un mes volveré al lugar del crimen. Tendré que preparar una buena excusa por si esta vez sí que se percata de un tipo alto, rapado, muy blanco de piel y vestido con un largo abrigo negro, que anda merodeando por su portal.