Más que celebrar uno de los primeros puentes de la recién estrenada constitución española en diciembre de 1980, el viaje a Logroño junto a mi amigo Joan Ignasi Paredes –incondicional de Beatles– tenía la misión de rodar mi primer coche de primera mano, un entonces flamante R18 azul metalizado. La anécdota del periplo se centró en una aparentemente apacible excursión matinal por Tierra de Cameros que se convirtió en pesadilla con la aparición de la nieve. Tardamos cuatro horas en sacar el coche del brete, y eran casi las cinco de la tarde cuando pudimos hincarle el diente a unas costillas de cordero. Por la noche, como recompensa, cantamos bingo –cierto, canto tan poco rockero como la voz de Leonard Cohen– pagando los gastos del fin de semana largo de las dos parejas.

El regreso a casa acabó siendo desolador al enterarnos de la muerte de John Lennon asesinado. Paredes y yo habíamos discutido centenas de veces con los de Liverpool en el epicentro del debate. El alabando y yo –más por llevar la contraria en aras del equilibrio que por convencimiento- criticando. A pesar de alguna concesión con la boca chica, jamás le dí el placer de reconocer los méritos de su talento más allá –mis escrúpulos me impedían seguir mintiendo- del disco “del árbol” de Lennon, el que incluía las magistrales “Mother” y “Working Class Hero”: nunca, Randy Newman, Dylan y Cohen aparte, había escuchado decir tanto y tan bien dicho con tan pocos elementos.

En cualquier caso, mi admiración por John recobra anualmente toda su virulencia cuando nos acercamos a las fechas navideñas. No puedo evitarlo: me estremezco cada vez que suena “Merry Christmas (War Is Over)”. Tal vez por el significado de las fechas, tal vez por la perfección del mensaje, y seguramente porque éste en definitiva –si nos atenemos a la elucubración de la inconveniencia para ciertos sectores de que siguiera propagándolo- había sido la causa real de que le ejecutasen. Metido en John había un líder, un guía, un faro. La guerra ha terminado. Si tú quieres. Se adentraba hasta las entrañas en tu capacidad de decisión. En tu protagonismo social y colectivo. Te hacía, hablando en segunda persona como en “Imagine”, partícipe de un mundo mejor. Y ya no cuestionaba la utilidad de la guerra; ya daba por supuesto que no es la solución. Ninguna guerra. Para bochorno de la humanidad, han pasado casi cuarenta años y cada uno de ellos, mientras suena la misma canción, contempla la existencia de decenas de conflictos armados abiertos. El mundo, adocenado, sigue poniendo las bolitas en el árbol mientras espera con excitación el momento de abrir los regalos. Pero quisiera pensar que hay ahí, en este espacio exterior donde todos somos anónimos por decreto –porque, cuando dejemos de serlo, se habrá acabado el chollo político-, gente que, como yo, deja de lado por cinco minutos –cuando escucha la canción- las nimiedades habituales cotidianas y reflexiona.

Seguramente The Beatles han sido lo más grande que le ha pasado al pop, han sido su madre y su padre, aunque de hecho este plus pacifista añadido desde el epicentro de su genética es la matrícula de honor: la guinda del pastel, una canción de navidad para que cada año nos vuelvan a la memoria más allá de las reediciones mercenarias. Una canción de navidad emocionante e inquisidora, que nos haga encender las velas como un acto de auténtica fe si queremos de verdad mejorar esto. Que, mientras la escuchamos, dispongamos de unas décimas de segundo para evocar la memoria de John y constatar que su asesinato no impidió finalmente la difusión, aunque sin éxito práctico, de su mensaje. Y que es sin lugar a dudas la canción navideña más importante jamás escrita –eso no lo digerirá jamás la inquisición cristiana que le acusó de usar tácticas de predicador a la vez que se posicionaba contra el religiosismo-, superando las buenas palabras, los pequeños tamborileros, las campanas, los belenes y el paseo en trineo de las demás. Es puro Lennon destilado, reducido a la esencia: todo lo que necesitas es amor.

Que tengan un buen día de navidad.