Fruto de una entrevista en el BAM de septiembre de 1996, se publicó este artículo en el nº13 de Factory que recuperamos ahora en cuatro capítulos.

Una nueva forma de esclavitud

Estoy ubicado en medio de una hilera de chozas mirando a la playa de Benaulim, Goa (India), y presiento que hoy es un buen día: han llegado parejas de ingleses jóvenes. Ya se ha marchado la alemana cincuentona que se enfurecía cada vez que me veía echar a una rana del cuarto. Sí, siempre era la misma rana, y probablemente aquél era su cuarto cuando estaba vacío, pero ahora el inquilino era yo. No en vano me costaba 450 rupias diarias, toda una fortuna en India (adivina adivinanza: ¿a quién cuesta más explicar lo de la propiedad privada capitalista? ¿a una rana, a una alemana o a un okupa?).

Fórmula infalible para ver de qué pie calzan estos guiris: a media tarde, cuando la gente se refugia del calor en el cuarto fresquito, salgo a mi baranda con el walkman, le monto los dos altavoces pequeños sobre la mesita que los cuervos pringaron tirando el azucarero esta mañana, y pongo música a un volumen audible pero no molesto. Una música a tono con el atardecer. Lo tengo todo tan calculado que a veces me siento como un depredador a la caza de víctimas en busca de conversación. ¿Ingleses? Vamos a probar con algo ajeno a su entorno y, al mismo tiempo, magnético para hacerles salir de la madriguera. La trampa funciona: a los pocos minutos sale él, después ella, se sientan con la vista perdida en el horizonte, absorbiendo hasta el último poro la magia fugaz de un instante. De los cuartos del otro lado saltan más parejas. Nadie habla, todos escuchan. A Lambchop.

Jamás crucé palabra alguna con aquellas personas. Sé, sin embargo, cuándo el silencio es agradecido o tenso. Normalmente, al acabar la cinta no insisto con más, prefiero esperar reacciones. Y la del chico que primero salió fue tan explícita como meterse en el cuarto y reaparecer con la guitarra acústica para una interpretación que ni los mejores Radiohead jamás conseguirán de “High & Dry”. Más que regalo de año nuevo, fue la prueba de fidelidad a unos valores musicales. El no conocía a Lambchop, aunque, a su nivel, había entendido el mensaje.

Nueve meses después, espero impacientemente su actuación barcelonesa. ¿Cómo sonarán en directo? ¿Cómo visten? ¿Tiene en serio madera de visionario Kurt Wagner? Padezco la excitación que repta sólo cuando me enfrento a autores de discografía compacta, sin fisuras, desarrollada coherentemente. En poco más de un año, Lambchop se han convertido en mi grupo de cabecera con tres CDs obligatorios. Todo empezó en primavera de 1995 con “I Hope You´re Sitting Down” –también llamado “Jack´s Tulips” (Merge-City Slang 94; disponible en el 95), según se mire-, desde su portada extraña con una criatura sentada aguantando a un perro que muestra sus genitales. Dos ojos en la parte izquierda contribuyen a destacar lo irreal de los dos deformes protagonistas. La contraportada recrea un vestido de época femenino. En el interior, una foto donde el varón hunde el morro en el cuello de una mujer que le acepta con rictus gozoso –pie de foto: “because you are the very air he breathes”– y otra con el contrapicado de unos bajos femeninos, realzada su crudeza por el blanco y negro. Pero esto no era todo: “Proclamas a todos nuestros amigos de la Nación Woodchuck. Que la bondad, cortesía, y los alimentos y la locura de tu elección te mantengan interesado por la vida y enamorado hasta el cuello”.

He sido acribillado con una sucesión de mensajes brutal, sin haber escuchado aún una nota. Cuando arranca “Begin”, las piezas empiezan a encajar. Un sonido tan bello y tranquilo como aparentemente sencillo requiere el desgaste humano de diez músicos. Mandolinas, Farfisa, slides, trombón: una auténtica delicia exótica. Sin tiempo para analizar nada, el ametrallamiento lírico de la tercera canción –“Soaky In The Pooper”– me reduce a una masa de carne deslizándose del sofá al suelo. ¿Es real lo que escucho o se trata de un sueño con la música que me espera cuando deje este mundo? ¿La banda sonora durante el tránsito, tal vez?”¡Nunca estás solo después de muerto!”. Aún no me he repuesto cuando otra ráfaga vuelve a hacer diana –“Under The Same Moon”-, con su folk de lujo para la madrugada y miríadas de sones rosados desperezando terminales nerviosas que creíamos atrofiadas. “Dos amantes recuerdan la primera vez que se corrieron bajo la misma luna”. ¿Puede tal hachazo romántico superarse? No solo puede, sino que lo demuestran enseguida con “I Will Drive Slowly”, “Oh, What a Disappointment”, “Bon Soir, Bon Soir”, “Let´s Go Bowling” y “Or Thousands Of Prices”. Todo está allí, flotando a merced de cualquier brote alisio, susurrado, escupido o vomitado en una fragancia sobrenatural. Todo. Sin ser country, folk ni nada en principio encorsetable, pero que siempre ha estado al acecho en la sombra de las caricias de nuestros intérpretes favoritos. Y de muchos de los hoy desconocidos o menospreciados: Jim Croce, el Gordon Lightfoot de “If You Could Read My Mind” o la huella de “Rock & Roll I Gave You All The Best Years” en la melodía de “Cowboy On The Moon”. Todo.