La lluvia se está proponiendo anegar otra edición del BAM. Lois ha actuado por los pelos, y Robyn Hitchcock, viendo que no podrá ejecutar su set ante el público, se dedica a entretener a cuatro informadores con su guitarra acústica en la escalinata que lleva a los camerinos (se atreve con “The Wind Cries Mary” de Jimi Hendrix). Lambchop también esperan pacientemente con buen humor. Caché aparte, a la organización le ha costado once billetes de avión traerlos desde Nashville. ¡Para que una hora de inclemencia meteorológica se lleve a la alcantarilla semanas de gestiones! No pienso perseguir a Kurt Wagner, pues tengo apalabrada la entrevista al día siguiente. Me interesa, no obstante, observarle y pillar detalles sueltos. El saxofonista Jonathan MarxJuanito-, en su afán por practicar el castellano, proporciona datos a priori irrelevantes: “Ahora mismo, Kurt está muy interesado en East River Pipe. Yo no descartaría una colaboración entre ambos; también graba para Merge. Espero mañana remachar el soplo con una pregunta.

 

En el camerino, mientras tanto, algunos miembros sacan instrumentos de sus fundas. El mejor, un juego de llaves inglesas de distintos tamaños colgadas con hilos en posición vertical, paralelas las unas a las otras, del mismo palo. Un instrumento artesano y en apariencia poco audible, así como el bidón, pero de suma importancia en una formación con tres percusionistas. Jonathan y Deanna Varagona, encargados de los vientos, no pierden de vista a un Kurt opulentamente sentado frente a un taburete sobre el cual yace esa carpeta amarilla roñosa llena de bocetos parecidos a facturas viejas. Sus canciones. Con gorra tejana, pantalones tejanos, camisa de provincias, la piel castigada por un oficio plebeyo –dedos de la mano gordísimos, dientes que ninguna ortodoncia se ha atrevido a reconducir- y las curvas de la guitarra clavadas en el hígado, parece cualquier cosa menos compositor sensible. Sobre un estribillo dicharachero que me resulta familiar, la banda desentumece músculos. Sirve de percusión la funda de la guitarra, una caja de cartón o la misma pared. De pronto Kurt arranca con “Soaky In The Pooper”, y todos los presentes, músicos incluidos, el aire, la luz, nos ponemos serios como si de un juramento se tratase, a la vez que percibo el olor de la tibia humedad en las pupilas de los asistentes. Fueron minutos escasos y solemnes antes de romper filas para que, terminado el chaparrón –sin obligación alguna: se había citado al respetable a la noche siguiente-, probaran complacer a sus remojados fieles con un aperitivo acústico del cual reconozco que distinguí más bien poco.

 

Volví a casa con la cinta de “How I Quit Smoking” (Merge-City Slang 95; pero a la venta a partir de enero del 96) puesta en el coche. La uniformidad de su sonido –salvo la inquietante “The Militant”-, esa paz triste y trasnochada, ese zumbido de orquesta fundiendo mis ya pocas células combativas, mientras los neumáticos emiten chasquidos felices cada vez que rompen el resplandor de un charco, me relaja. ¡Qué bonita es la luz de la noche tras la lluvia! Y piensas en lo grande que es esto, o en lo poco que valemos, en mis problemas, en los tuyos y en quienes tienen problemas de verdad, de ésos que quitan el sueño. “En realidad, lo único que puedes hacer es sentarte y esperar un nuevo día”. O abrazar a una mujer, un CD, una fe. “Suzieju es Jesús dicho al revés”. Más que las cuerdas o los vientos, sigo enamorado de la sutileza percusiva de Allen Lowrey, C.Scott Chase, esporádicamente el guitarrista Steve Goodhue y el recién llegado Paul Burch, en sus compases ingrávidos, como suspendidos en el fino repiqueteo de un triángulo o –en su defecto presupuestario- una llave inglesa, miles de repiqueteos –“The Scary Caroler”, “Smuckers”, “Garf”– cual estrellas fugaces en una noche de encanto sólo roto por los peajes de la autopista. Y llega “Theöne”, que es al conjunto del disco lo que clavar la bandera en la cima para un alpinista, aullando dolor y ternura antes del final sublime de “Again”. Cierro la puerta del coche apresurado. Abro la del piso, la luz del pasillo, hasta notar el subidón de alivio reconfortante: mi familia duerme bien.

 

Al anochecer siguiente, reemprendo rumbo a la ciudad rezando para que la lluvia pare. “Hank” (Merge-City Slang 96) me acompaña. Es un miniálbum especial procurando capturar el sonido de Lambchop en directo –una toma, más micros-, austero si lo comparamos con el anterior –la orquestación, la percusión-, ya casi country, sin en cambio perder un ápice del talante envolvente que les caracteriza. Siguen el teclista John Delworth, el bajista Marc Trovillion, Paul Niehaus a la lap steel, así como el ahora productor Hank Tilbury, de allí el título (entra percusionista Paul Burch y se ausentan los guitarristas Bill Killebrew y Steve Goodhue). El tráfico me impide especular con el mensaje. “Soy un extraño aquí/ soy un extraño en cualquier lado”. Treinta minutos que pasan como una exhalación. “Es una nueva forma de esclavitud”. Es Lambchop. Esquivando bengalas lanzadas desde el cine Princesa, un último semáforo me detiene. “Se la chupo a mi jefe”.