Con la promesa de una entrevista escrita en la frente, me dedico al sano deporte de atosigar a Kurt Wagner. Me da pena; está atrapado en su mar de excusas. “Mejor lo dejamos para después de nuestra actuación; ahora quiero ver el show de Jack. Mantengámonos, pues, a una distancia prudente. No es solamente para no perderlo de vista, sino para que nuestra presencia le recuerde implacable que es una buena persona incapaz de dar esquinazos o incumplir promesas. Pero presiento que Kurt planea la venganza apropiada.

Sobre las dos de la madrugada, Lambchop suben al escenario durante menos de media hora. Por algún motivo no analizable a estas horas, se me pegan un estribillo (“gonna save you”) y un título (“Superstar In France”). Ensayan material nuevo, lógica deducción. Kurt da por finalizado el bolo con argumentos corporativistas –“nos han permitido tocar un día después quitándoles minutos a todos; son las tantas y aún quedan Moonshake– sin tener en cuenta el esfuerzo económico de once pasajes desde Nashville comparado con cuatro duros que supondría volver a traer a Moonshake desde Gran Bretaña. Un último intento de la organización le convence para que, mientras él recoge sus bártulos, el resto ejecute una versión trepidante y muy bien recibida de “Soul Finger”.

De la entrevista, efectuada a las tres menos cuarto –en los lavabos, buscando la brizna de un silencio inexistente con Moonshake sobre la tarima-, rescatamos lo poco que no coincide con las declaraciones a Gerardo Sanz en RDL 129. Y es que Kurt prefería aplicar su fórmula con tal de cumplir la promesa, más que entrar en diálogo –los lavabos van bien para leer sentado en la taza, pero mal para platicar de pie- jugoso. ¿Y quién puede culparle, cuando le quedan horas contadas en una ciudad donde se lo está pasando en grande? “Esto es maravilloso, aunque demasiado corto”.

Se os está recibiendo muy bien en Europa. Las críticas en USA también han sido muy buenas. Me asusta. Casi hubiera preferido alguna opinión desfavorable; se vería más honesto.

 

¿No quieres jugar al rock & roll? No. Solo quiero hacer música y discos.

 

¿Para qué sirve esta carpeta descolorida? ¿Es tu songbook? Yo la llamo el cerebro; va conmigo a todas partes. No llevo el repertorio completo, solo las canciones más afines a las circunstancias. Es como una manta protectora. Como los niños aferrados a su juguete favorito para sentirse más seguros. Tenerlo delante, pensar que las canciones están allí, me da seguridad. Así no temo quedarme en blanco.

 

¿Cambias el set a menudo? Constantemente.

 

No conocíamos muchas canciones. Casi todas eran nuevas.

 

¿Te consideras cantautor? Supongo. Más compositor o autor que músico.

 

Quieres mandar un mensaje… Sí, quiero hablar, comunicar. No estoy muy seguro de si poseo un mensaje válido o no, pero quiero comunicar; propagar, tal vez, ideas y sentimientos; compartirlos con la gente.

 

¿Narrador, tal vez? A veces. A veces son como cuentos y a veces es la descripción sencilla de un momento. Porque, en definitiva, una historia es una colección de momentos: se puede partir de una perspectiva con principio y final; se puede partir de una fracción de esta perspectiva y, desde allí fabricar el resto; se puede quedar uno allí e intentar profundizar en aquella sensación concreta; se puede quedar uno allí e inventar sensaciones diferentes. Se ha de tener muy claro lo que se quiere comunicar, aunque a menudo, al elaborar la composición, comunicas cosas no previstas en un principio. Es muy divertido.

 

Fin a lo literario. ¿Qué influencias tienes en lo musical? No solo creo que me afecte la música que escucho, también está la que escuchan los autores que yo escucho. Es más complicado. Un ejemplo de banda sonora de la vida: los sonidos de la ciudad, de Barcelona. Están allí para que tú los absorbas inconscientemente. Hoy soy un turista y me maravilla el collage de sonidos, muy distintos a los de Nashville, por supuesto. Y no solo los aparentemente musicales: el ruido de coches de motores de marcas determinadas fundidos con los de las motos, las conversaciones en la calle o en los pasillos de un aparcamiento. De modo que, si detienes la acción y analizas, verás que estás escuchando sonidos de veinte fuentes diferentes a la vez. Es la personalidad de esta ciudad, lo bonito de viajar; en mi porche de Nashville, lo que escucho me es demasiado familiar. Aquí procuro impregnarme de esta mezcla al máximo; prefiero perder sueño y seguir explorando. Ya dormiré en el avión.

Te consideras entonces un cantautor para los tiempos que vives… No pienso en mí de una manera concreta, solo intento relatar experiencias ocurridas a mi alrededor. Y no viajo para hacer música; hago música para poder viajar.

Pero reconocerás en ti un halo cantautor. ¿Qué diferencias existen entre tu visión del racismo en “The Militant” y una canción de Tracy Chapman? Pueden no existir diferencias, depende. Para mí, que es de quien puedo hablar, existen diferencias porque está escrita a partir de un suceso personal que me ocurrió y creí interesante divulgar. No conozco las experiencias de Tracy.

¿Por qué dos tomas diferentes en el álbum? Quería dejar constancia de que son composiciones abiertas con opciones a arreglos distintos preservando sus cualidades intactas.

¿Y figuran como tercera y décima por un motivo especial? ¿Me estás preguntando si planteo el álbum como un bloque?

 

Sí. ¿Cómo una colección de conceptos interrelacionados?

Sí. Pues sí. Has de tomarlo como un bloque, porque es un único álbum, un ente. Y también como varias canciones individuales.

¿Crees que “Soaky In The Pooper” será un clásico de los noventa? No lo sé, mucha gente lo está enfocando así. Me encanta esta canción; está escrita con un amigo y con la intención de comunicarme directamente con él, porque hay cosas entre él y yo que solo ambos podemos entender, sin excluir las otras sensaciones que los demás pueden obtener escuchándola. Es la grandeza del arte.