¿Os va bien que asocien Lambchop con el country por venir de Nashville? Yo considero que lo nuestro es country. Sé que no es la visión formal del country al que el público está acostumbrado, pero dentro de quince años se reconocerá que Lambchop tocaban música country.

¿Y qué piensas de grupos de rock probando con un álbum country, como Acetone o Ween? El disco de Ween es brillante en concepto, poniendo a buena parte de le élite country a su disposición. Son responsables de un sonido que asociamos al verdadero country, hecho difícilmente obtenible para alguien ajeno a esta cultura. Podrían haberse quedado en lo superficial, nadie se lo hubiera reprochado, pero han ido directos a la esencia.

¿Qué elementos de otros estilos contiene tu música? Me gustaría que no hubiese nada más reconocible instantáneamente.

Me refiero a que una banda de Nashville, Tennessee, si interpreta “Soul Finger”, recibe efluvios de Memphis, también Tennessee. Oh, seguro; a los chicos les encanta tocar cosas así, es muy divertido y dinámico; sí como parte de una cultura con la que todos crecimos.

Hay un sentido de diversión en Lambchop….A veces sois diez, a veces sólo dos. ¿Es un grupo abierto? ¿Podría yo tocar la batería en tu grupo? Sí podrías, pero no debemos hacer un chiste de esto. En primer lugar, deberías ser amigo nuestro, que es lo preceptivo en Lambchop, más que el virtuosismo. Se necesita una sintonía; ambiciones, apetencias, manera de vivir y ver la vida parecidas.

Pero eso de venir diez, o dos, y conseguir el mismo sentimiento, hace de Lambchop más un concepto, una actitud, que un grupo de country. Es un asunto de relación entre los miembros, aprendiendo cada cual a convivir y respetar el espacio individual del compañero, tanto en lo musical como en lo cotidiano.

No te ven como un líder. Desgraciadamente, me he convertido un poco en ello, pero no siempre fue así. Ocurrió por defecto.

¿Es una democracia? No. Es la dictadura de un dictador sin país.

Vuestra música es simple, brota simple, pero a lo mejor no lo es tanto. Hay unos espacios, como trozos de vacío. ¿No se llenan a propósito? Exacto. El vacío ayuda a penetrar al oyente, le invita a compartir. Y no es exactamente un vacío. Es ampliar el tiempo entre nota y nota utilizando los instrumentos justos. Somos diez. De proponérnoslo, podríamos edificar una muralla de sonido que apabullaría, pero no invitaría a compartir. También es verdad que a veces dejamos huecos: es decir, percibimos un vacío que no hemos sabido llenar. Echas en falta algo, sin saber qué; falta un miembro del grupo y no lo cubrimos con otro instrumento: si es insostenible, no ejecutamos aquella canción.

Pues tengo la sensación que partes de vuestras canciones pueden ser interpretadas indistintamente por un instrumento u otro, que depende de las circunstancias, del humor. No soy tan dictador como para decir a cada cual sus notas en toda la canción. Ni cómo debe comportarse, etc. Parto de la amistad y de la confianza por encima de todo. Aunque suene mal, aunque apeste, suscribo y apoyo yo cada nota de Lambchop sea quien sea su autor.

El primer álbum tiene dos títulos. Un día descubrí que los CDs llevaban el título a ambos laterales de la carátula, y me pregunté qué pasaría si le pusiera un título distinto a cada lado. He constatado que aquí preferís uno, y allí nosotros otro.

Cambiáis el tipo de arreglos de cuerda entre el primer y el segundo álbum. En “How I Quit Smoking” hubo más dedicación, no más horas. Fue incluso más fácil porque el encargado de esta parcela captó enseguida nuestras aspiraciones. Cuestión de suerte. Nashville es un buen lugar para este tipo de sonido.

¿Aceptáis las comparaciones con Tindersticks? Como grupo de amigos que un día deciden tocar juntos, sí. Lo que vino después, no. Nosotros seguimos nuestros trabajos respectivos.

Lambchop es un hobby. No me gusta la palabra; nuestro enfoque es muy serio, sacrificado, práctico y arriesgado. Sólo que no dependemos del éxito.

Tú trabajas en la empresa de un miembro del grupo. Sí, Marc y yo, en la de Bill Killebrew. Ha dejado a Lambchop; no tiene tiempo. Casi toda la banda dependía de él, y había una especie de coacción sumergida, que él no provocaba queriendo, pero tampoco podía evitar.

Tú jefe aquí, él jefe allí. ¿Y cómo se llama la canción que cierra “Hank”? “Chupando la polla de mi jefe”.

(Risas y despedida).

A la mañana siguiente, con la mente ya más despejada repasando lo ocurrido mientras paseo por mi habitación cual industrial en el zulo etarra, pasa por mi vista un CD de East River Pipe, y recuerdo lo que no debería haber olvidado. El título de una canción, “Superstar In France”, me aclara dónde la había escuchado antes; la tercera, “Crawl Away” –con aquello de “gonna save you gonna save you”- me devuelve a segunda división; y la novena, “Hey Where´s Your Girl?” –la del estribillo dicharachero-, me hunde en la miseria. Agarro todo lo que tengo de F. M. Cornog y East River Pipe, los minis “Goodbye California” y “Even The Sun Was Afraid”, y los escucho hasta sumirme en la confusión más impotente. ¿Cuántas tocaron de éstas? ¿Todas? Imposible en media hora. ¿Y si todas fueron canciones de Cornog? ¡Qué venganza tan ruín! ¿Con que “todas nuevas”, eh? Puedo escucharle aún desternillándose en su porche en Nashville.

Debería finalizar maldiciéndole: Lambchop son unos lentos, a su lado The Blue Nile suenan a Led Zeppelin. Sé, sin embargo, que no es así. Puedo sentir su música en mis tímpanos como una pomada que entra y empapa hasta meterse dentro de ti y de tu soledad, el jadeo de Jonathan y la Varagona alumbrando esas lucecitas tenues de la memoria, entre difuminadas y cremosas, que tiñen el amor de un color sepia como algo lejano e inalcanzable a nuestro alrededor, salvo que escuchemos más sus canciones y consigamos recuperarlo de las fauces de tiempos mejores. Antes de que sea demasiado tarde.