Fumar como un carretero, lavarse el estómago con diferentes licores y tirarle los trastos a todo lo que se menea parece que son las claves de la mítica longevidad de la señora Fatma binti Baraka. No revela su verdadera edad – seguro que no la sabe- y los que en su día pudieron llevar la cuenta fallecieron cuando Zanzíbar aún era protectorado británico. Noventa y ocho o ciento cinco, qué más da… lo que es seguro es que la artista conocida como Bi Kidude es el animal escénico más anciano aún en activo. La serie Zanzibara (volumen 4) recuperó sus canciones hace ya tres años y, dada la fenomenal racha que llevamos -hace unas horas moría otra artista: Kate McGarrigle, madre de Rufus y Martha Wainwright-, más vale que hablemos de este portento antes de que los diseñadores de necrológicas sigan haciendo horas extra.

Zanzíbar siempre fue una isla de repostaje para los barcos llegados del Golfo Pérsico. A menudo, las fuertes corrientes obligaban a los marineros a aguardar en tierra hasta dos o tres meses y de la convivencia con la población local se fue moldenado el estilo musical más popular de la isla: el taarab, mezcla de melodías vocales árabes, canalleo portuario y percusiones más tribales. En los muelles se hacían campeonatos de danza. “Los marineros de Yemen bailaban el sumsumia, unos pasos muy afeminados que los niños y niñas de Zanzíbar pronto aprendimos a imitar; lo llamábamos ‘el baile de los maricas’”. Bi Kidude habla de los años veinte. Y lo hizo para “As Old As My Tongue”, un documental sobre su vida que fue presentado en Praga cuatro años atrás. De ahí están extraídas todas las declaraciones del texto.

Su vida es un drama alegre. Dada por muerta a menudo, en la isla han tenido que celebrar su resurrección más veces de lo que pide la sensatez. “Me voy por un largo tiempo”, dijo un día de 1989, cuando empezó a actuar en festivales europeos, y la “mística” de familiares y amigos se encargó de hacer el resto. Cada despedida para actuar al otro lado del mundo la interpretaban como un adiós definitivo. Con semejantes colaboradores, en el momento de reconstruir la vida de la artista, Andy Jones –director del documental- se las vio y deseó para separar el mito de la realidad.”Un hecho en África equivale a diez historias diferentes; allí de la rumorología a la leyenda no hay ni un paso”.

Hasta 1988, el taarab fue una cultura oral. Aquel año el sello GlobeStyle aterrizó en Zanzibar para grabar la primera de sus series. Los vecinos de Bi Kidude no lo podían creer: no reconocían sus canciones, arrinconadas en su brillante memoria desde hacía cuarenta o cincuenta años. Hasta entonces la anciana no era conocida más que por sus habilidades sanadoras y como voz autorizada del unyago, armoniosos (o no tanto) golpes de tambores que acompañaban las enseñanzas orales en materia de sexo e higiene femenina. Ahora, el país se ha abierto a los ritmos del hip-hop, pero la voz firme de Bi Kidude sigue imponiendo respeto entre las niñas que han elegido el piercing en el ombligo y rapear sobre canciones reggae a las perforaciones tradicionales y los violines del taarab. “Me gusta el hip-hop, me gusta que las chicas disfruten, pero sólo les diría una cosa: para hacerse respetar hay que seguir unas normas, e ir enseñando el ombligo es un motivo para que nadie te haga caso cuando llegues a mi edad.”

Mientras los anglosajones hacían un pack de tres –sexo, drogas y rock’n’roll- para tener un cadáver bien parecido, esta gran señora arregló un hatillo –filtreo, tabaco y taarab- para sobrevivir a los nietos de los otros sin importarle el número de arrugas que vengan con la factura. Larga vida (aún más) a Bi Kidude