¿Por qué fracasaron The Golden Virgins? ¿Tal vez por el nombre? ¿O por tocar demasiados palos sin asomo de especialización? De hecho lo primero que me viene a la cabeza cuando recuerdo su único disco es el tacto rugoso de la portada. “Songs Of Praise” (XL 2004) jugaba a pop con ganas de sonar tenso, tan relativamente tenso como Blur, que a veces pillaba el punto sin grandes esfuerzos –repitiendo un acorde, como “Renaissance Kid”– pero después era incapaz de sazonarlo con la malicia definitiva. ¿Por qué entonces lamentarse de su fracaso? Pues porque había algo en las canciones que inducía a pensar en clave aperitivo: como avanzadilla de otras futuras mucho mejores. Una mezcla de respeto a las formas y ganas de mimarlas.

Se disolvieron The Golden Virgins y cinco años después aparece uno de sus miembros de Sunderland, Lucas Renney, de la mano de Simon Raymonde –produciendo- y de dos miembros de Midlake acompañando –bajista Paul Alexander y percusionista Mckenzie Smith– con “Strange Glory” (Brille 2009). Hablando de respeto a las formas, este álbum supone todo un ejemplo: clasicismo en los arreglos, en la acústica, en las melodías, y un ambiente sedante casi folk para aliviar penas –solo en “Rising Soul” se atreve a dar algo de gas con un blues– que en todo momento evita sobresaltos o subidas de tono. Añádase esa suavidad en el timbre confidencial de la voz y tendremos un cantautor del mismo manual utilizado desde Alaska a la Patagonia que se promulgó en los prados británicos. Y ya sea por perseverar en las raíces folklóricas de la tierra –bonito desglose poético sobre la belleza efímera en “Oh My Pretty One”– como por adaptar las estructuras siempre infalibles de Leonard Cohen –la nostalgia como pilar de “Think Of Me Kindly”-, lo cierto es que Lucas –gracias a la sobriedad global del producto, colaboración de Stepanie Dosen incluida- acaba dejándonos con ganas de escuchar más canciones suyas. Espero que esta vez no se esfume durante otros cinco años.