Eran unos chicos encantadores. “Los mejores de América”, como se atrevió a presentarlos el presidente Nixon a su colega alemán Willy Brandt. Karen y Richard Carpenter eran de esos artistas a los que les podías confiar una fiesta en la Casa Blanca. No estaban dando la menor guerra con el asunto de Vietnam. Ella nunca utilizaría su sonrisa para condicionar la postura política de sus entregados fans. Su hermano se limitaba a tocar la guitarra y el piano sin la menor estridencia. Como mucho, antes de cada sesión se atizaba un café con sacarina; la farlopa llegaría después, nada más marcharse el éxito. Ella tenía la mejor voz del mundo, ahora que Dionne Warwick ya no se dejaba ver tanto por las listas. Era una superestrella.

“Superstar” es una de las canciones más blandas por fuera y duras por dentro que se han cantado jamás. Thurston Moore se dio cuenta y en su día la adaptó con unas turbulencias que en la versión de Carpenters latían invisibles, imperceptibles en aquel momento. Escrita dos años atrás por el tándem Bramlett-Russell, Richard insistió para que su hermana relatara la relación ciega del artista con el fan en el momento de mayor popularidad de la pareja. La radio había creado los mitos, la difusión de la imagen ayudaría a bajarles a la tierra y los nuevos espectáculos televisados han terminado por propiciar que nos riamos de sus desgracias. “Superstar” se coloca al principio de esta tendencia, como una demoledora balada que plasmó la falsa revelación para unos y el mal menor para el otro. Karen decía “te quiero” y los corazones solitarios de medio país corrían a su reclamo. Es lo que tiene llegar catorce veces al número uno en apenas seis años.

Pero “Superstar” ha ido mutando con el tiempo gracias a un verso bastante tópico: “la soledad es una cosa tan triste”. Quién sabe si Karen se refería a esos fans que tenía comiendo de su mano en la distancia o, en sus últimas actuaciones, hablaba en secreto de ella misma. Porque Karen padecía anorexia nerviosa. Su cuerpo dijo ‘basta’ cuando aún no había cumplido los treinta y tres años. El realizador Todd Haynes reveló esta paradoja de manera magistral en “Superstar: The Story Of Karen Carpenter”. Acertó con el casting. En lugar de actores, utilizó unas muñecas Barbie y casi sin querer mató dos pájaros de un tiro. Ninguna actriz podía hacer sombra al impacto de una muñeca con el rostro progresivamente quemado. Y no digamos el reto que supondría sobrellevar en todo momento esa felicidad de escaparate que la industria del entretenimiento ofreció como alternativa a aquellos caóticos años políticos. Qué mejor que la sonrisa de Barbie y el calzonazos de Ken.

Vi la película hará unos diez años en el Festival de Cine de Gijón. Fue casi un privilegio. En su día Richard Carpenter interpuso una demanda y el juez bloqueó su proyección. Se plantearían negociaciones; algunas beneficiosas, como destinar los beneficios a un centro para la prevención de la anorexia. Pero todas dieron contra un muro. No sé si lo que más ofendió a Richard fue la (falsa) frivolización de la enfermedad -según denunció algún colectivo feminista- o el sutil guiño de Haynes al mostrar la gran melodía higiénica “(They Long To Be) Close To You” sobre imágenes de bombardeos en Vietnam y el rostro desencajado de un Nixon que vivía sus horas de popularidad más bajas. En otras palabras, que presentara al grupo como la lujosa cortina de humo que compró la Casa Blanca.

Como le ocurre a Barbie en la película de Haynes, “Superstar” te puede quemar sin que apenas te des cuenta. El fuego podrá estar deformando el rostro de la muñeca, podrá incluso volverse evidente a los ojos de los demás, pero el “verdadero” reto estaba en mantener a toda costa la sonrisa de plástico que había conquistado América. Parece mentira que se pueda hablar así de una canción pop tan magnífica. “Con ustedes, Richard y Karen Carpenter: los mejores muchachos de Estados Unidos”. Cualquiera defrauda al presidente.