“Ven, coge mi mano y déjame invitarte a un viaje hacia un reino mítico, un país donde encontrarás todo tipo de extrañas y preciosas criaturas… una tierra que inundará tu mente y tus ojos. Ah, y habrá música… pero no la que has oído hasta ahora, querido lector. Música inventada con mis amigos para que tu estancia en Monsterism Island sea una experiencia inolvidable.”

Aunque les suene a cuento de Michael Ende, yo que ustedes aceptaría sin dudar esta extraña invitación que nos envía el ilustre señor Harry Squonjax, quien un día empezó a soñar con la exuberante comunidad de Monsterism Island y desde entonces no ha dejado de regalarnos fantásticas portadas de psicodelia pop y toda una excéntrica troupe, ciudadana -por real decreto de la imaginación- de esta isla ya mítica. Squonjax es el alias musical de Pete Fowler, el ilustrador galés al que Super Furry Animals le han encargado más de la mitad de sus portadas. Quien conociera “The Sounds Of Monsterism Island Vol.1” debe volver a ponerse en situación. Si entonces se trató de juntar a Silver Apples, Manfred Mann o Martin Denny para conseguir que pintura y música convivieran en una estética común, este segundo disco (A Psychedelic Guide To Monsterism Island”) brilla como una obra coral en la que –como en las películas de Berlanga- cada personaje apunta con firmeza, humor y cariño su singular firma en un gran mural. Luke Vibert, Gruff Rhys, The Future Sound Of London, Jerry Dammers… hasta diecinueve firmas componen la exuberante nómina. Los sonidos de Monsterism aluden a la ciencia ficción menos épica, al jazz de dibujos animados, a la electrónica relajada, a la exotica de Les Baxter, el folklore rural y a esa incredible strange music que surgió cuando los músicos más chiflados vendieron su alma al diablo a cambio de los primeros sintetizadores.

No quieran vivir la experiencia musical en Monsterism Island sin tener muy a mano las postales de Fowler -reproducidas en el disco-, curiosas estampas donde el dibujo animado y el trazo pop tan redondeado han invadido de muy buen rollo los páramos galeses de hace nueve siglos y su mística rural. La psicodelia como pocas veces la han escuchado. Fowler sabe que hasta en los sonidos menos reconocibles hay una gota de pop por identificar para luego sustraer e incorporar al tarro de las esencias. Los que pensamos que la belleza de la música se encuentra codificada en los matices y no en los estilos ni en los conceptos, sabemos que no todo está inventado. Porque todo lo que queda por imaginar aún está por construir. Es una delicia que haya artistas que se acuerden de sus sueños y dediquen su tiempo a materializarlos en discos tan sexys como éste.