Desde que mi adolescencia se vio súbitamente sacudida por Jim Morrison, siempre me han cautivado las voces de tonalidades varoniles, con esa mezcla de autoridad y paternalismo, trabajando derivados del blues adaptados a los oídos rock. Jeffrey Lee Pierce en The Gun Club, Nick Cave en todas sus variantes, e incluso Greg Dulli en The Afghan Whigs. Voces, gargantas y corazones carismáticos todos ellos, algunos impregnados de poesía, convirtiendo cada sílaba en estaca ardiente que remueve un no menos ardiente caldo de guitarras hirviendo.

Kurt Vile se presenta como un digno sucesor de la estirpe. Ya en The War On Drugs maneja con claridad las aristas del rock intenso, compaginando su oficio de guitarrista en la banda con el de una carrera en solitario que en el segundo álbum “Constant Hitmaker” (Gulcher 2008) ya esboza, gracias a la buena acogida de la canción “Freeway”, su potencial. Hace pocos meses, el hombre de Philadelphia ha puesto en circulación el tercero, “Childish Prodigy” (Matador 2009), un compendio de blues con ribetes psicodélicos enfundado en un armazón –más Bad Seeds que Birthday Party– relativamente denso. Más o menos ágiles o ácidas, todas las canciones gozan de un ambiente hipnotizante: “Dead Alive” recuerda las composiciones lentas de Led Zeppelin con arpegios de guitarra y voz, “Inside Lookin´ Out” desgarra las entrañas del blues con armónica, “Heart Attack” está montada sobre fondo líquido donde conviven ecos y alaridos, mientras “Monkey” se centra en el halo fifties. La más destacable, “Freak Train” –siete minutos trepidantes que no dan un segundo de tregua-, trota al ritmo de una locomotora desbocada con los gritos de Vile añadiéndole carbón a la máquina de vapor –se repite la trama rítmica en el corte escondido “Goodbye Freaks”-, corroborando la sensación de estar ante un joven talento polifacético –otra vez la sombra de Morrison– capaz de combinar textos, música e interpretación a la caza del trance.