Bradford Cox es un tipo raro, sin duda. Desde su historial médico y su aspecto físico hasta la manera de plantear su discografía. No le molesta mostrar sus rasgos diferentes en una portada polémica. Tiene un puñado de canciones infalibles para conseguir el mejor álbum del 2008 y, no contento, se saca de la manga probaturas convirtiéndolo en doble: podría haber sido un diez y se quedó en nueve. ¿Lo hizo para así enmascarar posibles carencias? ¿Miedo a la perfección? Y, por si fuera poco, divide su obra en varios apartados. La marca Deerhunter se limita a lo que graba con la banda, como para autoconvencerse de lo democrático que es, mientras queda Atlas Sound como cajón de sastre donde cabe casi todo lo demás, en principio lo que graba en solitario y las colaboraciones.

Con “Logos” (Kranky/4AD 2009) no obstante presiento que Bradford está afinando la puntería. Estoy tan cerca de empezar a conocerle que casi me da miedo. Sin dejar de sonar más personal y casero que en Deerhunter, ahora se va abriendo paso hacia lo sublime. Poco a poco, canción a canción. Si comienza con electrónica de ruidos amables sobre guitarra acústica –“The Night That Failed”– y se arrima a los rasgueos de Canterbury –el Kevin Ayers de acústica con nervio ácido en “An Orchid”– en seguida suelta la primera joya con “Walkabout”, colaboración con un Noah Lennox (Panda Bear) que ha puesto la voz grabando en su casa en Lisboa: eco de gaviotas, olor a mar, a sal atlántica, para una de las canciones del 2009. Le sigue el trote lánguido de “Criminals”, entre la siesta en la playa de Devendra Banhart y la melancolía sepia de Richard Hawley. Aunque tal vez el eje sobre el que gira el álbum sea “Quick Canal”, ocho minutos mostrando la devoción de Cox por Stereolab –colabora Laetitia Sadler– con esas andanadas típicas e hipnóticas de Deerhunter en pos del legado teutón. Eso sí, como siempre que presiente la beatificación de la pieza, la rompe por la mitad para reemprenderla instantes después. ¿Es simplemente un break inconsciente? ¿Un gesto autodestructivo? ¿O una apuesta personal para demostrar que puede volver a capturar la misma belleza?

Quedan para el final dos canciones explayándose en la vorágine hipnótica. “Washington School” es como ponerle ritmo alemán a una caja de música, mientras “Logos” tiene un pulso adherente de glucosa empastada que te atrapará en tus momentos más bajos: el rey de la noche. O cuando todo cobra sentido si lo miras desde otro ángulo. Un sentido maravilloso.