Las miradas se dispararon en una sola dirección. La reina de la ociosa Marbella en los floridos ochenta entraba en un restaurante céntrico de Madrid. En otra de las mesas, mi guitarrista favorito luchaba contra su timidez compartiendo mesa y diálogo con algún adulador. El vendaval de flashes llamó su atención. Tom Verlaine no preguntó por la identidad que aquella señora emperifollada con imán para los objetivos. Sólo quería saber las razones de su fama. “Porque sale en la tele”, le respondió uno de los comensales. Parece que la respuesta descolocó al hombre de Television. Gunilla von Bismarck acababa de darle una patada a su honorable sentido de la fama como recompensa. Era 1984, año en que compuso “Swim”.

Siempre me fascinó lo que parecía un capricho. Colocar la mejor canción al final del disco, que sus últimos acordes convivan con un the end que deje marca en la retina. Tom Verlaine ya utilizó esa estrategia casi cinematográfica en “Words From The Front” (¿disco de transición u obra total?). Con “Days On The Mountain” la guitarra mutaba en un nuevo instrumento, en un cachivache de extraordinario poder narrativo, en un pincel de seis cuerdas o en lo que le diera la gana. Como los buenos DJs, en una misma toma Tom Verlaine acreditaba técnica y dejaba suficiente espacio para la sorpresa. El neoyorquino además le añadía color. La frágil “Swim” llegaría un par de años después -rematando “Cover”- como necesario contrapunto de un paisaje de hormigón en el que el riff chirriante terminó por dominar las derivaciones cubistas de un guitarrista sideral. En cuatro minutos conocimos su innata condición de bohemio parisino afincado en la ciudad de los rascacielos. “Swim” se convertía en su mejor ejercicio romántico hasta la fecha, sin traicionar siquiera de refilón su valiosa intimidad. No se trataba de eso. Verlaine componía un pequeño poema amoroso que dejaba con cuidado en la acera de aquella ciudad eléctrica y vertical. Hace seis años tuvimos una charla telefónica. Intenté meter los dedos en su escritura. Never parecía su palabra favorita. Me despreció totalmente, pero no me cayó mal. Las entrevistas promocionales no son buenos argumentos para formarse un juicio del otro.

Poeta más ermitaño que hermético y guitarrista antiheroico, en los acordes de “Swim” conviven el latido minimalista del Soho y el futuro sonido de Felt. Imagino que Lawrence ordenó fabricar dos guitarras de cristal cuando aquel tintineo secuestró sus oídos. Aún así, tengo mis dudas sobre si esta delicatessen es mi canción favorita de Tom Verlaine. Está “Days On The Mountain”, sofisticado boomerang que nunca regresó. O “Five Hours From Calais”, belleza maltratada aún pendiente de canonización. Entre medias, y con la boina calada de medio lado, “Swim” vencía a la timidez de su dueño para dibujar en medio del cemento un pequeño corazón con pétalos de orquídea congelados. Demasiado bonito para que aquella noche Gunilla tuviera rival.