
Mirando atrás sin ira, es decir franqueando las barreras negativas que se erigieron alrededor de todo lo que oliese a brit-pop hasta admitir que ha habido vida en la escena británica antes y después de este –a veces injustamente- vilipendiado periodo, nos topamos con numerosos grupos portadores de no tan numerosos buenos álbumes aunque –a falta de pan buenas son tortas si son caseras- sí con alguna que otra canción inolvidable. Hurgando por los recovecos de la memoria, se confunden años y estilos entre cientos de bandas que juraríamos conocer al dedillo aunque actualmente no recordemos ni un título de canción. Es ésta una reflexión aparecida al ver en el cartel del Primavera Sound 2010 el nombre de The Charlatans. ¿The Charlatans? Llegó a ser un grupo de cabecera para mí durante un más bien corto espacio de tiempo, y sin embargo hoy apenas recuerdo un par de tópicos acerca de su estilo a través de media docena de canciones. ¿Se fueron ellos o yo les perdí? Supongo que, al igual que otros más desconocidos como Moose o The Mock Turtles, nuestros destinos divergieron por fatiga sin un motivo flagrante.
Como en el caso de la amante olvidada, recuerdo de las maneras de The Charlatans vagamente el teclado espeso prominente encarado a un pop con aspiraciones de rock. Ribetes psicodélicos por un lado, voz entre deudora de Dylan y precursora de los tonos que patentaron Oasis por el otro: sobretodo el primer álbum “Some Friendly” (Dead Dead Good 1990) contenía reflejos del esplendor de The Teardrop Explodes y Spacemen 3 cabalgando entre el afán mainstream y el hipnotismo presupuesto. El tema mediático del disco fue “The Only One I Know”, pero el que se convirtió en estandarte del grupo es el que acertadamente lo cierra, “Sproston Green”. The Charlatans tejen una trama sonora densa pero a la vez transparente, contagiosa como cualquiera de las buenas del primer trabajo de The Stone Roses, con un punto de guitarra en medio punzante y ácida que ayuda a Tim Burgess a desarrollar un homenaje a la Gran Bretaña rural, concretamente a la zona donde creció, Cheshire, probablemente donde consumó el primer rollete que aquí esboza. La cima de la canción se produce cuando la voz va quedando cubierta –y casi el resto del sonido enterrado- por unos teclados de cemento dignos del Steve Winwood de Spencer Davis Group.
La prueba del éxito de “Sproston Green” entre los adeptos de la banda es que durante mucho tiempo fue la encargada de cerrar sus conciertos. Épica y lozana, se ha de recetar al detectar los primeros síntomas de carencia de euforia.