“Many sounds have never been heard by humans: some sound waves you don’t hear but they reach you. Techniques combine singers, instrumentalists and complex electronic sound. The Emotional intensity is at a maximum”, (White Noise, “An Electric Storm”, 1969).

Charlaba hace poco con un amigo músico acerca de los miles de bancos sonoros, jingles y sintonías olvidadas que RTVE conserva en sus baúles y que con toda probabilidad no verán la luz en un plazo corto de tiempo. Sería interesante que los archivos se abrieran al público mediante las nuevas facilidades que nos brinda Internet. Si no podemos editarlo, ¿qué tal si lo compartimos? No me cabe la menor duda de que nuestros cajones públicos conservan algunas joyas muy aprovechables y de gran valor artístico, ya sea por su notoriedad musical o como simple reflejo del tiempo en el que fueron pensadas. Algunas de ellas han sido compiladas por sellos europeos y americanos de psicodelia con títulos de hipermercado como “Spanish Groove” o “Bizarre Sounds From Spain” donde no importa tanto el contenido como el continente, pero en ningún caso se ha hecho un trabajo adecuado desde dentro ni acorde los méritos profesionales. En la actualidad otros creadores tienen que buscar fortuna fuera.

Los que parecen no vacilar son los ingleses, respaldados por un archivo de más de 50 años y un chovinismo casi a la altura del de nuestros vecinos franceses. Después de desempolvar muchas de las bandas sonoras de sus series y cortinillas durante los años 80 y 90, sellos como Polydor, Trunk, Rephlex, Island o incluso el Reader’s Digest se fijaron en un material que hasta entonces estaba destinado a coger polvo en estanterías. El último en ser rescatado (2008) fue John Baker, con dos maravillosos recopilatorios de gran parte de su obra para la BBC. Trabajador incansable de la electrónica no digital, pre-tecnológica, pre-sampler, pre-multipistas y en general pre-todo lo conocido, tratando el sonido en innovadoras cámaras de eco o troceándolo a la manera de la concrete music, Baker consumió su vida bajo cintas y litros de alcohol en los míticos estudios de Maida Vale. Falleció con el hígado destrozado dejando un legado que bien merecía una revisión. La operación rescate se inició con recopilatorios de David Cain, Brian Hodgson y Delia Derbyshire (su banda sonora para la serie Doctor Who es la piedra filosofal del género, si es que se le puede llamar así), juntos o revueltos, todos necesarios. Algunos como Glynis Jones, Dick Mills o Roger Limb y otros tantos saxofonistas, pianistas, músicos de sesión e ingenieros de sonido, menos conocidos, igual de necesarios, conformaron la edad de oro de la corporación pública inglesa en la que tanto se inspira actualmente nuestra RTVE. La importancia de todos ellos es reconocible en todas las grabaciones de la época dorada de Warp, en el shoegaze, la psicodelia outsider, muy evidente en el pop cinematográfico de Broadcast o el juguetón de Plone y otros tantos géneros y grupos británicos que consciente o inconscientemente se alimentan de unos músicos entregados al servicio público, muchos de ellos sin firma en los créditos finales, un puñado de funcionarios atípicos.

Proto-electrónica de currante, el ingrato trabajo de dedicar toda una vida funcionarial sin el afán de triunfar con tu nombre en todo lo alto en la portada de un disco o en los créditos de una canción popular. Un brindis por todos ellos.