“Tuve que fantasear / para sobrevivir / Era una artista famosa / todo el mundo me tomaba en serio / incluso aquellos que nunca me entendieron”

Por primera vez, un disco de Cocteau Twins ni tocaba la tecla de lo extraordinario, ni siquiera lo parecía. “Four-Calendar Cafe” no tenía el aire catedralicio de “Treasure”. Ni la ambiciosa ferocidad de “Aikea-Guinea” (el “Stairway To Heaven” del pop). Tampoco la contagiosa euforia de “Heaven Or Las Vegas”. Pero algo distinto noté en la voz de Liz Fraser. Su serenidad reclamaba atención pausada. Convenía escucharla. A ser posible, sin mover la cabeza de lado a lado con cara de orgasmo lento. Mejor sentados y mirándola a los ojos. No fue fácil. La pronunciación de algunas líneas dificultaba su comprensión. ¿Dice “I can’t stop falling down” –como entiendo- o “I can’t stop feeling now” –como leo-? Como confesión de una vida anulada, la primera no tenía precio. Además de dejar a Robin Guthrie -compañero a la guitarra y amante- en no muy buen lugar. La lectura oficial es la segunda. Más suave y conciliadora, como esa guitarra acariciando la inmensa melodía vocal de su compañera, con sus habituales tejidos de rocío congelado que se resiste a derretirse con los primeros rayos de luz. La Voz comenzaba a rebelarse en pleno Edén.

La Liz Fraser de “Iceblink Luck” era una madre feliz. La de “Evangeline” se destapa como una amante valiente y una artista decidida. Cuando sus diferencias conyugales con Guthrie se hicieron públicas, a algunos se nos aparecieron los versos de esta canción como un último aviso. Cuando hace unos meses, The Guardian le sacaba las primeras palabras públicas en diez años, descubrimos a una Liz Fraser aún atormentada por no haber cogido antes las riendas de su vida. La rajada tiene miga y rencor. Tanta que “Evangeline” empieza a cobrar sentido como la primera canción de Cocteau Twins que está fuera de Cocteau Twins. Con su mensaje demoledor y sus ojos clavados en el objetivo de la cámara que la filmó, Liz le encontró un uso terapéutico a la canción. Sus cuarenta y seis segundos finales anuncian de la manera más elegante la catarsis deseada. El impacto sigue intacto. “Evangeline” le ganaba el pulso a una mística cultivada durante años.

¿Voz angelical? Nunca la vi de ese modo. Infestada de graves no le hubiera escatimado un aplauso. Pocas como ella han sabido articular de una manera tan amplia lo abstracto de la emoción. Primero, confundiendo los ruidos con las palabras. Más tarde, identificando esos inventos lingüísticos con sentimientos reales. ¿Volveremos a sentirlo? Parece imposible. Si en algún momento se filtró la noticia de una posible reunión, tengan por seguro que ésta vino por las ganas de Simon Raymonde, tercero en discordia y dueño de Bella Union. El cara a cara de Guthrie y Fraser, más que una utopía, parece una innecesaria amargura. Él, por volver a enfrentarse a los reproches de la madre de su hija, Lucy-Belle. Ella, por no perdonarse que, entre el arte y la felicidad, eligiera copular con el primero. Y por no haber encontrado antes las palabras de “Evangeline”. Meses después de publicarse, la pareja rompía trece años de relación.

“No hay vuelta atrás / Ahora me veo como me ven los demás”