Quien tuviese la batería del iPod cargada en la parte de la provincia de Girona afectada por el apagón a partir del 8 de marzo, habrá disfrutado de una experiencia única: crear su propia banda sonora para sobrellevar los vergonzosos inconvenientes producidos por una concatenación de ineptos protegidos jurídicamente por un sistema imperfecto. Yo los padecí durante tres largos días, y tuve que recurrir al cacharro de Apple en busca de algo de luz espiritual –la de las velas al principio era sugerente aunque escasa- y de un calor interno que me ayudase a paliar el frío (externo y moral).

Así que en este ambiente de noches desangeladas andaba yo preso cuando se me ocurrió escuchar “Ay…” (Acuarela 2009) de Nacho Umbert & La Compañía. Y con él creí ver la luz; metafóricamente, por supuesto. Canciones que en otras circunstancias podrían evocar a un Sabina de litoral –sin caer tan bajo, faltaría más, como para rimar torero con telón de acero-, arropadas por un intimismo forzado de Gulag siberiano, crecían dando ese paso que pocas canciones dan: convertirse de viñetas esbozadas a lápiz en fotogramas de cinemascope. Umbert, agudo observador del costumbrismo moderno con pasado (Paperhouse), hurga en la calle en busca de protagonistas de carne y hueso, perdedores de la urbe de los de siempre –ancianos, travestis, camellos, los hay a puñados en “O Puede Que No” y Prêt À Porter”– pero sin abusar de los tics que muchos cantautores utilizan para canonizar a sus personajes. No son héroes ni despojos, ni se percibe la pretensión constante de juzgarlos. Son canciones/postal describiendo momentos y personas, o tal vez una simple sensación pasajera. Desde un punto del mar catalán que aún no se ha sometido al manual musical layetano. En este aspecto me gusta mucho la producción de Refree, que ha sabido mantener en primer plano lo sencillo, eso que conjuga los términos compositor e independiente, de una manera tan eficaz, sin dejar que el hecho de montar una pieza con piano y escobillas acabe indefectiblemente en el páramo de jazz nocturno (las únicas canciones que en este aspecto podrían presentar arreglos dudosos son “La gata Soprano” y “Prêt À Porter”, pero se solucionan con tino). Todo escueto y cuidado al milímetro: el xilófono en segundo plano –que es primero- en “Colorete Y Quitasueño”, el Hammond en “La Verdad Es Que Me Da Igual”, el respaldo vocal femenino en “Cien Hombres Ni Uno Más”, o la calidez subtropical –mediterránea, insisto, para no confundir con la de los dos lados del Atlántico de Emilio José– de los rasgueos de guitarra de “Rizos Sin Domesticar”.

A la luz de las velas, “Ay…” reconforta cual colcha de plumas mullida, haciendo olvidar durante unos minutos la ausencia de calefacción. Y la existencia de políticos.