La hija de la cantante Audrey Marsh Monk nació felizmente bizca. En el hogar pronto se darían cuenta de que aquella asimetría tan aparatosa también se reflejaba en los primeros actos motores de la pequeña. Estaba descoordinada. Cuando la niña empezó a moverse por el suelo la alarma empezó a parpadear. Cuando dio su primer paso directamente echó humo. Entonces la señora Marsh tuvo que echar mano de un método (Dalcroze, o los beneficios de la euritmia) que había aprendido en sus clases de canto. Su técnica ayudaba a los aspirantes a cantante a desarrollar el oído interno para una mejor interpretación. Y últimamente se estaba aplicando a niños con problemas de coordinación motriz. La pequeña Meredith Monk tuvo que aprender a hacer figuras en el aire con los primeros ritmos que entraban por su oreja. Historia fascinante la que de ahí la llevó a convertirse en uno de los animales salvajes más hermosos que han cantado en un auditorio.

“Beginnings” se publicaba el año pasado (el mismo que moría su madre) en el sello de John Zorn. Recopilaba sus primeros pasitos. Para mí, el disco de Meredith Monk para guardar como oro en paño junto a “Key” y “Our Lady Of Late”, fechados ambos en los primeros setenta. A sus sesenta y siete años, su voz ha recorrido tan extenuante viaje que ahora reposa merecidamente junto a ciertos aspirantes que se arriman intentando encontrar la llave de su misterio. Porque la voz de Meredith Monk suena casi antinatural de lo natural que es. Sus dibujos más luminosos tienen el brillo de la garganta trabajada, pero es terreno abonado para la competición. Muy distinto a sus texturas más violentas. En sus momentos más tensos, su voz parece el último forcejeo de la bestia antes de encontrarse con el primer eslabón de su especie. Su timbre simula ese grito primitivo del que aún no sabemos discriminar aquellos estigmas de felicidad de los que sudan miedo. Es un mundo extraño. Si ella no se hubiera atrevido igual no lo hubiéramos conocido.

Meredith Monk pertenece a ese grupo de radicales que alborotó las academias desde dentro. Que ni fueron bien recibidos por los doctores ni ampliamente apreciados por los de fuera. Fue amiga de John Cage, ambos carne de hoguera en época medieval. De su actual grupo de acólitos, Björk debe andar por ahí cerca, pero no creo que superara el primer curso de su “técnica vocal extendida”. De Joanna Newsom la separa una generación más, pero me temo que ambas cantaban las mismas canciones folk antes incluso de haber aprendido a hablar. Ese hipnotismo folclórico que Meredith Monk empezó a combinar con las leyes del minimalismo. En esta onda, recomiendo a todo el mundo el expresionista “Key”. ¿No son terriblemente hermosos los pasajes de órgano eléctrico que traquetean en “Fat Stream”? Aquel fue un disco de relaciones relajadas. De mimos y conquistas. La voz se gusta y la música participa del cortejo. Muy diferente al siguiente. “Our Lady Of Late” fue un duro reto que no conoce amigos ni romances. Allí no había un colchón sonoro que calmara a la voz tras la batalla. Tampoco un espejo que le dijera lo hermosa que es antes de entrar en nuevo lance. Aquí hay un cuchillo en la garganta, una ráfaga de infrasonidos que obliga a la voz a mirar de frente a sus posibilidades. Y Meredith Monk no sólo salió viva de aquel duelo. Aunque después haya firmado bastantes más discos –algunos acercándose a la inventiva gótica de Liz Fraser-, en aquel momento sus labios se abrieron para lanzar al aire un grito final cuyo eco aún resuena detrás de los grandes gorgoritos que han iluminado el pop de estos años. Hoy, sus “Beginnings” nos retratan la mutación de aquella fina pianista en vocalista salvaje.