Aquella noche vi en Manu Chao al flautista de Hamelin. Confieso que andaba algo confundido por el alcohol, pero todavía lo suficiente entero como para defender que con dos retoques en la puesta en escena el cuento se repetía algunos siglos después. Era una noche de septiembre. Camino del hotel, intenté concentrar mi atención en un grupito de no más de cinco personas que daban palmas al son de una guitarra. Y no estaba en Triana. Era Barcelona. Pegado al mar. El sitio exacto, ni idea. No soy de los que respiran hondo y se amuerman con el ruido de las olas cuando llegan a la costa. Tampoco de los que se suman a las manifestaciones espontáneas musicales, pero aquellos acordes rumberos se pegaban cosa mala a las palmas de las manos. Me tuve que meter casi dentro de la comitiva para darme cuenta de que aquel encantador de ociosos nocturnos no era otro que Manu Chao. Y nadie lo había contratado. Ni un promotor para realizar un happening casual, ni el Ayuntamiento para -aprovechando su poder de afiliación- mantener a raya a las ratas del puerto. Donde antes eran cinco ahora seríamos diez. El grupo crecía a medida que avanzaba por el paseo. Pude contar más de treinta antes de torcer mi esquina y dar por concluida la fiesta.

Pues algo de flautista zalamero también tuvo el señor Thomas Mapfumo, autor de una de las canciones más pegadizas, magnéticas, comprometidas y agradables que dio el continente africano cuando aún pesaba sobre su cuello la bota de la minoría blanca. Hoy día, “Hokoyo!” nos suena con la misma autoridad rítmica y melódica que aquel “Pata Pata” de Miriam Makeba, la Diana Ross africana. Orange Juice aprendieron mucho de estos acordes subtropicales a partir de su segundo disco. Y hoy día seguro que algún testigo de lo que antes fue Rodesia recordará la canción como el grito festivo de guerra que ayudó a acelerar la desintegración de uno de los últimos reductos coloniales, cuyas leyes apartheid incluso avergonzaban a algún estado vecino.

Sin una voz destacable pero con un don (rural, eso sí) de gentes y una guitarra en las manos, Thomas Mapfumo utilizó la lengua nativa como escudo ante el invasor británico, pero ni esto evitó que diera con sus huesos en la cárcel. Sin conocer su significado, hokoyo (grito de alerta: ¡ojo!) olía a peligro. En labios de aquel campesino espabilado -que logró conocer los entresijos del poder en su país abriendo sus oídos a la música norteamericana- aquella palabra despertaba a los dormidos. Durante cinco minutos abandonaban unas labores destinadas a la supervivencia diaria para sumarse al grupo con una sonrisa de oreja a oreja. Solución de urgencia: arresto sin cargos. Pero daba igual. “Hokoyo!” seguía respirando una felicidad brutal. Dentro y fuera de las rejas.

La epidemia provocada por el virus “Hokoyo!” no fue ni mucho menos casual. Mapfumo dio con aquella fórmula traduciendo la escala de la mbira (rústico piano de mano, del que guardo un ejemplar en mi casa en su versión congoleña) a la guitarra eléctrica, consiguiendo un groove cálido y poderoso como pocas veces he experimentado. Veo ese feeling en la melódica de Augustus Pablo. O, con intención más modesta y puede que más cercana, en la indispensable -por adorable- “Kiss You In The Cheek” (Desmond & The Tutus). Eso sí, el carisma, el empuje o las ganas de ir sumando adeptos a su canción allá por donde pasaba, quien sabe de dónde le vinieron. A uno le cuesta imaginar lo que le podía pasar por la cabeza a un chaval de una zona rural del actual Zimbabwe cuando llegaba a sus manos una cinta de Elvis Presley u Otis Redding. Puede que intuyera que el poder real estaba ahí, no en las manos de los cuatro blancos que estaban apurando sus días de saqueo en la zona. Y que de repente encuentre un arma que no conocía. Un arma de construcción masiva.