No soy fan de Los Planetas. En su catálogo de satélites sería el admirador ruin, el que evita el piropo porque son ellos. No me volqué cuando procedía –aquellos noventa escasos de himnos generacionales en castellano- y sólo empecé a sacarles miga después de que enmarcaran el espejo cruel que fue “Santos que yo te pinte”. Y apenas he escrito un texto sobre ellos en dieciocho años. No sé si porque existía una ley en la sombra que decía que todo el que escribía sobre Los Planetas tenía que ser fan o la sola idea de enfrentarse a sus historias sacaba lo más generoso de cada uno. Jamás me emocioné con “Una semana en el motor de un autobús”.

La comparación no es odiosa. Es inevitable. “Una ópera egipcia” es mejor si hubiera precedido a “La leyenda del espacio” y peor porque la sucede. En ocasiones se estanca siguiendo la ruta conocida, pero sorprende con dos atajos inesperados. Es un disco del que no conviene lanzar conclusiones precipitadas. Puestos a precipitarse, mejor que sean las canciones las que vayan destilando su componente exagerado de la vida. Su tremendismo de calle o su euforia de fiesta patronal (“Soy un pobre granaíno”). Consecuente, devota y soberana: así veo a la música de su último disco; tres adjetivos que se han ido ganando a pulso y que no tenían a mitad de la ruta, cuando aún viajaban en el motor de un autobús porque no conocían las leyes de espacio y tiempo, porque aún no le habían echado el guante a lo que tenían en casa. No, no se trata de apuntarse a ese ventajismo rancio de la recuperación cultural, de fotografiar las flores de la memoria. Sino arrancarlas del tallo para el beneficio propio.

Parece que J ha trabajado duro. Que deseaba mostrarnos cómo se podía afinar más en el encaje del palo flamenco y la canción pop. Y, sin embargo, estos lances de la ópera son los que me dejan frío. Hablo de “Una corona de estrellas”, “La llave de oro” o “Siete faroles”. Las encuentro incluso muy similares a otras del anterior disco. Es en el primer featuring de La Bien Querida donde tropiezo por suerte con las primeras piedrecitas en el camino, que me apartan del trayecto planeado. “No sé cómo te atreves” es una autopsia del reproche tan fantástica –aunque más sencilla, casi a lo Pimpinela– como la de “Santos que yo te pinte”. J hila este menester de las relaciones con especial mano firme. Me gusta mucho. Dentro de la ópera, la canción brilla como un oasis de tensión apaciguada, como un extranjero en Triana o como una parada y fonda hacia su particular “Disintegration”. Palabras mayores en el desguace de lo oscuro para encontrar la luz. Pero “Una ópera egipcia” no es precisamente un disco redondo. Es un trabajo ambicioso, penetrante e irregular. Así que, caminando hacia aquel “Disintegration” –lo que se espera del talento- se desviaron a “El Tigre del Guadarrama” –lo que nunca se espera de un artista-.

Y me viene al pelo aquel disco de Vainica Doble para penetrar –después de duetos eléctricos y deja vus trabajados- en un desenlace cuya ferocidad reclama una atención lenta. No conviene relajarse tras la vibrante musicalidad de “Atravesando los montes”. Tras ella, la “Virgen de la Soledad” nos espera para dar la bienvenida a lo más siniestro de las cavernas del Sacromonte. Apocalipsis de cante jondo que acojona en “La Pastora Divina” y lectura sagrada con “Los poetas” para consolidar los pilares de un reducto tétrico, cavernoso, gótico… Un final de ópera de una densidad casi religiosa que sepulta aquellas noches en el bar Amador donde, sin saber qué podías hacer, decidimos ir “De viaje”. Y así nos encontramos en terceras –y hasta cuartas- dimensiones con niñas que creían ser protagonistas de “La playa”, cuando nadie les prometió más que un “Segundo premio”. Y luego llegaron los demonios vestidos de santos, mientras mordíamos algo duro para aguantar los reproches y calentar un sudor que nos envolvía desde el talón a las cejas. Ahí empecé a valorar sus canciones. Desde entonces, uno que no es fan inició un peregrinaje mudo pero no sordo que le ha llevado, no sin sortear obstáculos y dudas, a esta ópera más granaína que egipcia. Un disco que -lejos de ser una tranquila continuación, como primero pensé, de la leyenda- apuesta fuerte al subrayar los picos y los abismos de un grupo que ya conoció el vaivén de las montañas rusas viajando en el motor de un autobús. Con aquel disco no llegué a cerrar los ojos. Con el tramo final de su ópera no me atrevo a abrirlos. Y no sé si esto forma parte de un surtido de nueva cohetería, son las voces que acechan al paso en la procesión o se trata de ambientar los conflictos interiores; esos que brotaron inofensivos con los encuentros y desencuentros casi adolescentes y han acabado confiando su solución al tremendismo popular. A intentar recuperar en un minuto lo que despreciamos en ochenta y nueve.