Aún recuerdo la primera vez que escuché “West End Girls”. Fue donde anteriormente –durante los veranos de mis 15 y 16 años- inicié mi vida laboral, Venus Discs, otra de las buenas tiendas de discos de provincias abocadas hoy al cierre inevitable. El hecho de haber cambiado de trabajo no me impedía pasar gran parte de mis ratos libres –y no tan libres- allí, platicando sobre política local y fútbol mientras ponía la oreja en las novedades.

El formato maxi de “West End Girls” la etiquetaba evidentemente en una gama muy determinada. Pieza estirada para clubs neoyorkinos que contaba con el mecenazgo de Bobby “O” Orlando, su aparente fragilidad –debido a la voz- frente al pulso rítmico más acerado la dejaba un poco en tierra de nadie, lo cual equivale a desterrarla en el ghetto gay. Algo sin embargo la hacía distinta y magnética, algo que florecía desde el mismo pulso rítmico tan fácil como contundente –de escuela “Another One Bites The Dust” de Queen, para entendernos-, describía el entorno con palabras sueltas sobresaliendo en el texto –pistola, golpes, noche, locura, policía, mundo sin salida, sombras, susurros-, de pegada bárbara si se mantenían las inflexiones precisas al pronunciarlas una tras otra –if, when, why or what-, y se magnificaba una vez insertados coros sacros apoyados por una trompeta húmeda y nocturna. Sin embargo el gancho definitivo de la pieza –la que la acerca a la canción de Queen por haber hecho ésta de base de “Rapper´s Delight”– estribaba en unos versos narrados en clave hip hop, destilando esa mezcla de frialdad física –from Lake Geneva to the Finland Station-, frialdad moral y frialdad estética (cool). “West End Girls” traspasaba la frontera dance y solo hacía falta cambiar de chaqueta –la versión grabada un año y pico después con Stephen Hague, incluida en el primer álbum “Please”– para presumir de su meliflua raíz pop.

Gracias a ella Pet Shop Boys obtuvieron el contrato con EMI. Su carrera modélica nos hizo disfrutar de singles y álbumes increíbles durante todo el resto de aquella década, hasta detenerse a reflexionar rozando la perfección con “Behaviour” en 1990. Cinco años impagables en el trono del pop, combinando sabiamente el buen gusto por un estribillo con la frustración adolescente, y siempre adaptando las últimas tendencias de los clubs a su estilo personal. Neil y Chris, tan frágiles y a la vez tan (in)trascendentes, vienen al Primavera Sound por los méritos de su álbum “Yes” el año pasado, desmintiendo así que lo suyo es revival.