Las bandas ensalzadas por Pitchfork suelen ser materia recurrente en la blogosfera hispana, de modo que encuentras tantas entradas de Surfer Blood en Internet –con poca chicha, normal en estos casos de marcarse el `yo he sido el primero que ha hablado de ellos´- que te desanimarán a la hora de buscar el enfoque preciso. Suerte que el disco, que esta vez sí vale la pena, actúa de propulsor.

Situémonos. Son de Florida, y gracias a amigos paisanos como The Drums –otros que estarán dentro de unos días en el Primavera Sound– obtienen el contacto discográfico que propicia “Astro Coast” (Kanine 2009). La irrupción hercúlea de “Floating Vibes” en seguida opta por la negociación melódica. La percusión, contundente gracias a la ocasional aportación de un segundo instrumentista, clava a plomo el ritmo, dejando en un segundo plano –parecen jóvenes pero “Slow Jabroni” fue compuesta en 1996- esa pinta de poca cosa que gastan. Y aunque insistan en desmentir cualquier filia con la cultura surf –la vertiente atlántica playera norteamericana mira más a África con ojos de Vampire Weekend: “Take It Easy” y “Twin Peaks”-, yo, amparado en el título del álbum, en el nombre de la banda y en el diseño gráfico, disfruto fantaseando con el concepto, imaginando la sensación de nadar para alcanzar la cresta de la ola en “Swim”. O la de hacer surf en Grecia –en la comunidad griega de Palos Verdes, Los Angeles, no sería lo mismo-, entre olas prodigiosas, antiguas y sabias, mojando hasta el último rincón de tu alma mediterránea con el instrumental “Neighbour Riffs”. O en verano en Alaska con la percusión larga de “Anchorage”, donde puedes sentir el pálpito de la masa de agua acercándose. Y la espiral que forma la ola –“Fast Jabroni”-, la que ni te engulle ni te escupe, la que te envuelve en la espuma eufórica de su guitarra vacilona. La que te lleva a la luz. La que te da vida. Después de todo el vértigo empapado de inocencia triunfal tipo Pavement, la mención de Obama al final de “Catholic Pagans” es mera anécdota.

Lo que sin embargo más me gusta de las canciones de “Astro Coast” es que casi todas acaban con un discurso de guitarra a modo de rúbrica. Siempre diferente aunque siempre también juguetona y sabrosa. Es la guinda de este pastel de Surfer Blood.