Siempre me ha fascinado la química –la conjunción intangible de elementos- en el rock. Una misma secuencia de acordes puede sonar muy distinta según la marca de guitarra, la mano que los ejecuta o los instrumentos acompañantes. ¿Por qué en unos casos las mismas notas suenan vacías y en otros intensas? En el fondo, el primer álbum de Real Estate no es más que la eterna aplicación de la misma fórmula patentada por la pedanía neoyorkina. De The Velvet underground parte un hilo que lleva a The Feelies, y de éstos surge otro que se divide en varias ramas: Galaxie 500, East River Pipe, etc. Es la telaraña surcida por enjambres de seis cuerdas con múltiples evocaciones. Sonidos lánguidos, supurando sutileza melódica, con la proporción siempre adecuada entre tibieza y electricidad que cabe esperar de la banda sonora de un atardecer veraniego en la Nueva York de extrarradio. Talvez al principio “Real Estate” (Woodsist 2009) engañe con el trote Stuart Murdoch de “Beach Comber”, pero pronto se dibujan coordenadas más precisas –entre Leonard Cohen y los predecesores de Luna– de “Black Lake”: playas, lagos negros y más títulos afines –“Green River”, “Snow Days”– azuzan esta veta nostálgica –“Atlantic City”, no sé si intencionadamente, me conduce a sensaciones similares a las propuestas por aquella gran película de Louis Malle con Burt Lancaster y Susan Sarandon– que todos llevamos dentro. Y por encima de las demás está “Suburban Beverage” impecablemente estirada en una neblina envolvente, con su texto de dos frases que se va tornando beodo a medida que la Budweiser se va imponiendo a la Sprite. Del calimocho de la clase media al felpudo anestesiante de F.M Cornog solo hay unos pocos grados de diferencia. Ojos vidriosos, el guiño cómplice, y la mente que por fin no piensa. You do feel all right.