A veces, a pesar de saber que estamos escuchando algo –y alguien- especial, no sabemos describir con palabras sus virtudes. Estamos emocionados, sabemos por qué, y sin embargo nos cuesta expresarlo con palabras. Todo es más fácil si el álbum cuenta con arreglos variados, colaboradores, versiones o una biografía del artista tipo Indiana Jones. Pero ay, si solo se trata de un manojo de canciones con voz y guitarra a palo seco, la cosa se complica.

En el presente caso, solo cabe decir que hay discos cuya sencillez suma. Roddy Frame, escrupuloso arquitecto de grandes melodías con Aztec Camera que contribuyó al impulso de la movida Postcard escocesa para luego triunfar con “High Land Hard Rain” (Rough Trade 1983), buscó alternativas a lo largo de su carrera para vestir su talento con trajes variados que agradasen, hasta el punto de grabar un “Love” (WEA 1987) impregnado de lujuria soul de madrugada. Años después, exhausto y por fin consciente de su don, se atrevió con lo que muy pocos autores se atreven. Un álbum que elogia la desnudez de las formas, dejando todo el poder a la magia sobrenatural de unas canciones. Y hay que estar segurísimo de tenerlas muy buenas para salir airoso de la prueba. Por ello, aunque “High Land Hard Rain” sea su obra oficialmente recomendable, “Surf” (Cooking Vinyl 2002) gana en pegada directa.

Es especial, y está empapado de nostalgia. Cualquier noche estrellada sirve para escucharlo contemplando la nocturnidad urbana y cosmopolita de su portada, cuando la ciudad duerme y los cantautores sangran. Roddy conquista nada más empezar con su voz de calidez exquisita entre algodones de acústica transparente, evocando en “Over You” precisamente los tiempos cuando reinaba esplendoroso. Y en seguida suelta el tema titular, una de sus mejores canciones –y, sin exagerar, una de las mejores canciones que he escuchado en mi vida-, tocado por la gracia divina de lo evanescente. Si aún sigues entero después de escucharla sin que se te haya derretido una parte del alma, deberías abrazar otra afición más afín como el boxeo.

Los temas, más boreales –“I Can´t Start Now”-, folkies –el único “Abloom”, y además rozando la delicia tropical- o ensoñadores –“Big Ben”-, se suceden como si existiese la posibilidad de imaginar un Nick Drake para días benignos, como el caramelo para sacar el amor amargo de boca, sin referentes claros -¿es Dylan, Nilsson o Drake?- y a la vez anclado en la tradición. Después de una “Mixed Up Love” de melodía similar a la de “Mr. Bojangles”, se produce el mejor cierre posible con “For What It Was”: la canción de cuna –más bien de cama matrimonial- perfecta, insinuando el anhelado “buenas noches, que duermas bien con los sueños más dulces” al que tiene derecho todo ser humano alguna vez en su puta vida.