Recuerdo mi primer otoño adolescente definitivamente musical con especial cariño. Me había comprado una gabardina larga en plan Bogart de las que se llevaban entonces, para parecer mayor y poderme colar en los conciertos del salón Iris barcelonés, hacia donde bajaba andando desde el piso de mis padres en Lesseps cargado de excitación.

Las matinales dominicales del Iris, un antro especializado en boxeo, se sucedieron durante varias semanas entre octubre y diciembre de 1970, englobando en un mismo cartel a la crema española y catalana –dos bandas por sesión, la primera menos consagrada que la segunda- con la promesa no cumplida de una clausura encabezada por Free. Había un poco de todo: Máquina!, Agua De Regaliz, Smash, Música Dispersa, Los Bravos, Los Brincos, etc. Sin embargo, el grupo que más me impresionó fue un trío anónimo –creo que se llamaban Crac– interpretando boogies larguísimos.

A mí me habían enseñado que el boogie –en términos rock– era una derivación acelerada de blues popularizada por Canned Heat. Una trama eléctrica e hipnótica cuyo primer exponente fue el éxito “On The Road Again” y que, aunque emulada después bajo disfraces variopintos –llámese “Spirit In The Sky” de Norman Greenbaum o “Roadhouse Blues” de The Doors-, durante años fue patente exclusiva de la increíble manera de vocalizar del grotesco Bob Hite y sus excelsos acompañantes. Al cabo de un tiempo Z.Z Top reactivaron la llama con el álbum “Tres Hombres” (London 1973) y el single “La Grange”, y quizás sean –porque supieron no ser esclavos tan solo del boogie sino del blues en general: gran álbum “Eliminator”– el referente lógico del que tirar para acceder a Endless Boogie.

No quisiera pasar por imprudente, patético o pedante, pero ahora mismo es lo que pienso: Endless Boogie es el grupo que más me apetece ver en directo en el Primavera Sound. Blues de instintos primarios, sureño, anfetamínico, con desarrollos interminables trepanando con igual insistencia hipnótica que los pioneros alemanes de hace cuarenta años.

Boogie, lo que se dice boogie –tal como se ha utilizado el término aquí-, más bien poco, un “Jammin´ With Top Dollar” arrollador que, para no ser menos que la mayoría de las piezas de “Focus Level” (No Quarter 2008), rebasa los diez minutos. La reverberación del bajo, lo gutural de la voz, lo punzante de la guitarra, todo es absolutamente desmesurado y adictivo. Los secretos más oscuros del pantano, los sonidos destripados con arma lacerante, aflorando lo ponzoñoso, en forma de blues –sí, blancos, de Nueva York y bendecidos por Matt Sweeney, pero más blues que nunca-, respetando el manual. Y es tal la euforia que invade escuchando el aquelarre de “The Manly Vibe” y “Steak Rock” que uno está tentado de renegar de lo renegado y volver a abrazar la fe del mástil de John Lee Hooker con The Rolling Stones y AC/DC en el altar. Como esto cuaje, ya podemos preparar una jam entre Taste y Lynyrd Skynyrd al calor de las brasas del infierno. Gloria al boogie, vicioso e infinito.